Por: Lorenzo Madrigal

El “hermano del alma”

UN LIBRO INTIMISTA HA ESCRITO Marisol Garzón, titulado Jaime, mi hermano del alma, que será lanzado el próximo jueves 13 de agosto, a los diez años del asesinato de quien fuera querido amigo, hombre del humor y del alma nacional. Del prólogo, que tuve el honroso encargo de escribir, dejo aquí algunos apartes:

“No era todavía Jaime Garzón, era el hermano de Alfredo. Así se me presentó: ‘Yo soy el hermano de Alfredo Garzón, usted es Héctor Osuna, ¿verdad? ¿Y qué hace aquí tan solo?’. ‘Espero el bus o un taxi, porque tengo mi carro varado en la 61’. ‘¡Vamos!’.

Me fui con él, que tan espontáneamente se ofrecía a desvararme. Yo miraba con sorpresa su rostro juvenil, su cabello despeinado, sus cejas pobladas, su tez tolimense (pero era bogotano) y su alegría alocada. Confiaba plenamente en que era el hermano de Alfredo, aquel ser apacible, de inteligencia recóndita, meditador, frailuno y de risa impredecible. Llegamos a Chapinero (veníamos en taxi desde la avenida Chile) hasta donde estaba aparcada mi belleza, color habano, Dodge 1.500. ‘A ver, abra el capó’, obedecí, acostumbrado a mi total ignorancia mecánica, pese a contar con un cierto sentido automotor. Se retiró uno de los zapatos, me dije: este tipo es loco y cual Nikita Kruschev le dio tremendo alpargatazo a mi batería. No me importó. Yo sólo cuidaba la carrocería impecable de mi hermoso cacharro. Encienda. Y listo, emprendimos la marcha. Le ofrecí llevarlo hasta su casa, donde además quería mostrarme los dibujos de Alfredo. Me impresionaron. (…) Vivía con su inefable mamá, doña Deisy, educadora amorosa, remedada más tarde por él en la voz de Dioselina Tibaná.

(…) Un día me llamó y me contó que sería sometido a tremenda cirugía bucal. No volví a saber de él hasta cuando apareció, para sorpresa de todos, un extraño personaje en la televisión: Heriberto de la Calle, desmuecado, tiznado, con voz de gremio lustrador. He creído que nadie lo reconoció y que yo fui el primero, entre otras razones, porque no se me escapan fácilmente las fisonomías.

(…) Una fría mañana de agosto de 1999, no me había incorporado de la cama, cuando alguien de mi casa se acercó y me dijo: ‘Mataron a Jaime’. Jaimes hay muchos, pero Jaime era sólo él. (…) Asesinaban el humor, moría la juventud, moría el hijo para una madre dolorosa. Que ella era como una casita vieja, solía decirme doña Deisy, a la que cada día le aparecía un daño: ella misma se asimilaba a su propia casa de La Perseverancia, donde todavía hace cuna el recuerdo”.

 

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