Por: Juan Carlos Botero

El heroísmo de las Farc

La guerrilla en América Latina siempre se presentó como una fuerza heroica y popular, romántica e idealista, campesina o intelectual, dispuesta a luchar por una causa justa y noble, y capaz de pagar el mayor sacrificio posible, la muerte, en aras de defender sus ideales.

Por esa razón, durante años fue políticamente incorrecto criticar a la insurgencia, justamente por su aura de mártir y luchadora, sacrificada y altruista, decidida a combatir, desde la clandestinidad, estados corruptos y oligarquías rancias e indiferentes al sufrimiento del pueblo. Esa imagen patriótica, tipo David frente a Goliat, ha sido su razón de ser, y por ello su bandera más famosa siempre fue “Patria o muerte”. Incluso el Che Guevara, un hombre convencido de sus ideales, lo proclamó muchas veces. Sin embargo, después comprendimos que no era que la guerrilla estuviera decidida a morir por la patria, lo cual sonaba valiente y admirable, sino más bien que todo aquel que no compartiera su concepto de la patria, merecía morir.

Sin duda, esa imagen de héroes barbudos, luchando en la selva por la justicia social (imagen que sedujo a tantos intelectuales en Europa y América Latina), hacía que la guerrilla fuera inatacable. En el caso de Colombia, eso empezó a cambiar cuando la insurgencia pasó de ser un grupo supuestamente revolucionario, luchando a favor de los pobres, a ser, junto con los paramilitares, los lacayos del narcotráfico: vulgares cuidanderos de sus cultivos ilícitos y sus asesinos a sueldo. No olvidemos que el sangriento asalto del M-19 al Palacio de Justicia, el 6 de noviembre de 1985, fue financiado por Pablo Escobar para borrar los expedientes de los narcos pedidos en extradición por Estados Unidos.

A partir de ahí, la guerrilla en Colombia se volvió lo que es hoy en día: un grupo desprovisto de idealismo o ideología, bandolero y ramplón, dedicado al secuestro y a la extorsión, al robo y a la protección del negocio de la droga, al asalto a poblaciones indefensas y a reclutar menores a la fuerza, a violar mujeres, asesinar campesinos y destruir puentes, carreteras, torres de energía y oleoductos, causando un daño ecológico incalculable. Desde hace años a la guerrilla sólo le interesa su propia subsistencia mediante el crimen y la violencia, capaz de cometer atrocidades como usar niños para transportar explosivos, como hicieron en El Charco, Nariño, hace un par de años, cuando le dieron una propina a Heriberto Grueso Estupiñán, un niño de 11 años que vivía en la miseria, para que llevara una bomba a la estación de Policía. Su madre sólo encontró sus piernas para enterrar.

No obstante, ahora la historia le ofrece a la guerrilla una verdadera oportunidad para el heroísmo, y consiste en dejar las armas, pedirles perdón a las miles de víctimas por tanta sangre y tanta violencia, y ponerle punto final al proceso de paz que el Estado, generosamente, le ha extendido. Esa sí sería una gran acción patriótica. Es decir, su mayor acto de heroísmo, paradójicamente, consistiría en dejar de existir. Después de casi 50 años de supuesta lucha revolucionaria en Colombia, lo único que la guerrilla ha logrado es vertir ríos de inocente sangre colombiana. Valiente saldo. Valiente acto de heroísmo. Es mejor que actúen de una vez por todas como héroes: dejen de existir.

 

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