Por: Héctor Abad Faciolince

El hexágono y las abejas

Pocas cosas parecen tan tontas como el esfuerzo de una sola persona para salvar el mundo. Tengo un amigo piloto que, cuando no está volando sobre las selvas taladas, dedica buena parte de su vida a plantar y a regalar árboles para que otros los siembren. Algunos sonríen al ver su actividad incesante y aparentemente inútil. En cambio yo, cuando lo veo, pienso en las abejas. ¿Cuánto polen, cuánto néctar, cuánto rocío puede transportar a la colmena una sola abeja? Pocos miligramos, seguramente, tras el trabajo febril de todo un día. Pero si estas abejas obreras son 10 mil, 30 mil, al cabo de los meses en el panal se producen litros de miel, de cera, de jalea real.

Antonio y Juan Diego Vélez, dos matemáticos colombianos, describen la forma en que las abejas se anticiparon millones de años al cálculo infinitesimal descubierto por dos de las mentes humanas más excelsas (Newton y Leibniz). “Las abejas han elegido para sus celdas la forma de prisma hexagonal, geometría que les permite construir sus panales sin dejar intersticios desaprovechados y que, al mismo tiempo, les proporciona el habitáculo más cómodo y espacioso a las larvas, por disponer de los rincones menos agudos. El fondo de las celdas está formado por una pirámide limitada por tres rombos iguales, con ángulos de tal valor que la superficie total, y por ende el consumo de cera, es matemáticamente el mínimo posible”. Les ahorro las complejas expresiones de cálculo que demuestran (en notación matemática) lo citado anteriormente. No les ahorro esta anécdota: el novelista Fernando Vallejo Rendón, en su reciente delirio fascista, Memorias de un hijueputa, condena a muerte a Antonio y a Juan Diego Vélez. ¿Saben el motivo de su furia asesina? Resulta que estos matemáticos le demostraron a Rendón que sus supuestos cálculos para afirmar que Newton y Einstein estaban equivocados, no pasaban el tamiz de la aritmética básica.

La actividad anónima de aquel piloto amigo, la alarmante y misteriosa mortandad de abejas que ocurre desde hace años en el mundo entero (el colapso de todos los insectos polinizadores), y una frase apócrifa de Einstein (“si las abejas desaparecen, desaparece la polinización y desaparece el hombre”), me han inducido al desesperado ejercicio de sembrar árboles e instalar colmenas a su alrededor. Sé que estas acciones aisladas no sirven para nada, pero quizá puedan tener el efecto de la danza de las abejas: unos movimientos aparentemente sin sentido que, sin embargo, y bien mirados, son una señal y un llamado. Un lenguaje.

En 1973, Karl von Frisch recibió el premio Nobel de Medicina por sus investigaciones sobre la danza y el sistema de comunicación de las abejas. Sus hallazgos son fascinantes. Cuando una abeja encuentra una fuente rica en alimento, regresa a la colmena y comunica su hallazgo bailando con un específico meneíto circular. El asunto es muy técnico y supera mis escasas capacidades de comprensión y orientación, pero las abejas entienden. Se trata de describir ciertos círculos y semicírculos en el plano vertical de la colmena, recorriendo un eje y un ángulo específico que está en relación con el sitio en que se encuentra el sol, y a velocidades que indican más cercanía o lejanía, en proporciones espaciales perfectas. Las abejas disponen en la parte superior de la cabeza de un trío de ocelos capaces de detectar la polarización de la radiación UV emitida por el sol, y gracias a esto se pueden orientar incluso en un cielo nublado.

Estoy leyendo un libro precioso: La vida de las abejas, de Maurice Maeterlinck, bellamente editado por Taller de Edición Rocca. En él aprendo más asuntos asombrosos sobre las abejas y me alegro cada día más de convivir con ellas. Así como hay millones de abejas enseñando matemáticas y produciendo miel, debería haber millones de obreros humanos sembrando árboles y flores, y algunos puñados de matemáticos y científicos desentrañando sus cálculos y descifrando el dialecto de su danza.

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2019-06-23T01:00:54-05:00

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2019-06-23T01:15:01-05:00

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