Por: Fernando Araújo Vélez

El hijo del ministro

Entonces, de repente, explicó él más tarde en la comisaría, a los periódicos y en la casa, se vio atropellado por cientos de tipos encapuchados que lanzaban piedras y bombas caseras y no pudo detenerse porque la turba lo empujaba sin importar quién fuera o qué quisiera, la turba que vengaba a uno de sus compañeros muerto unos días atrás, la turba que exigía justicia y creía que sólo la podría conseguir a punta de agresiones, ojo por ojo, muerte por muerte, como siempre, como en los viejos tiempos, cuando la guerra definía quién debía gobernar y de qué manera y el pueblo se alzaba en armas sin ideologías ni objetivos, ojo por ojo y muerte por muerte.

Él no vio ni a los fotógrafos que le sacaron la imagen publicada a la mañana siguiente en los principales diarios de Bogotá ni a los señores de traje que apostados a la vera de la avenida iban a repetir 24 horas más tarde como loros, malditos loros, que sí, que él había arrojado piedras y bombas, que había herido a varios uniformados y que gritaba como loco “el pueblo unido jamás será vencido”, “abajo los verdes, que mueran los asesinos”. No vio nada, no podía ver, porque los encapuchados eran una manada de iracundos y algunos, incluso, sangraban. Sangraban, empujaban, gritaban, insultaban, agredían. Luego llegaron unos camiones inmensos y más tropa. Disparos, aullidos, dispersión.

Dos o tres de sus compañeros encapuchados cayeron. Él intentó recogerlos, por eso lo detuvieron, a alguien tenían que apresar. Lo detuvieron, lo tiraron al piso, lo esposaron, lo patearon y a los empellones lo metieron en uno de los camiones. Nunca supo quién lo identificó. Ni cómo. Ni por qué. Debió haber sido alguien en una sala de redacción, diría, ya con las fotos en la mano. Hey, paren, ese es el hijo del ministro. Tenemos el escándalo asegurado. Lo tuvieron. Lo construyeron y con un título a todo lo ancho de la primera página que decía Hijo de ministro envuelto en pedreas, lo crucificaron a él. Del camión antidisturbios lo trasladaron a una comisaría, y de ahí a la cárcel. Allá lo interrogaron. Él respondió que la turba lo había arrollado, que no había podido salirse y que al final trató de ayudar a unos muchachos heridos. Lo señalaron como subversivo y le dieron seis meses de cárcel. Salió libre a los 30 días por buen comportamiento, de la mano de su padre, que ya no era ministro.

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