Por: Andrés Hoyos

El hijo del pueblo

No se cumple por estos días, que yo sepa, ningún aniversario de José Alfredo Jiménez. Mejor, porque los aniversarios son una lata.

Si uno quisiera iniciar en la poesía a alguien que no la conozca, bien podría empezar por hablarle del amante despechado que, en vez de despedirse de su amada con un rupestre “ojalá que te vaya bien”, le dice: “ojalá que te vaya bonito”, sin importarle un bledo que el gramático grite foul. Esta obra maestra que es Que te vaya bonito trae una de las imágenes más poderosas del desamor con las que yo me haya topado: “cuántas luces dejaste encendidas; / yo no sé cómo voy a apagarlas”. Así es, en efecto, este sentimiento devastador, una luz insolente imposible de apagar.

José Alfredo, proverbial “hijo del pueblo” (nació en Dolores Hidalgo), usaba palabras llanas y sólo por no dejar se lucía con alguna rara. Dice con elegancia en No volveré: “No pararé / hasta ver que mi llanto ha formado / un arroyo de olvido anegado / donde yo tu recuerdo ahogaré”. Muchos oyentes, sorprendidos por el adjetivo, creen que habla de un “arroyo abnegado”.

José Alfredo fue uno de los grandes poetas de América, y lo digo así para no meterme en tiroteos mexicanos. Su figura se suma, además, a la de los intraducibles, como el padre Rubén Darío o como Pushkin, si nos atenemos a lo que dicen quienes hablan ruso. Aunque las canciones de nuestro popular bardo no contienen mucho humor, cabe incluso reírse con tal cual incoherencia, como la de aquel duelista despechado que se suicidó de dos tiros cuando todos pensábamos que bastaba con pegarse uno solo.

Me dirán las feministas que José Alfredo miraba todo desde la óptica del macho borracho que saca con facilidad la pistola y ni modos de negarlo. Pero tanto la poesía pura —pienso en Quevedo—, como la poesía cantada, han sido desde siempre reacias a la corrección política. Georges Brassens y Jacques Brel, los José Alfredos del francés, eran ambos misóginos sofisticados y sus letras lo delatan sin tapujos, mientras que Édith Piaf repetía con frecuencia Mon homme, una bellísima canción en la que una prostituta le declara la sumisión y el amor eternos al gigoló que la explota y la golpea. Billie Holiday, por su parte, celebró al hombre violento en más de una canción memorable. En síntesis, si alguien quiere “limpiar” la poesía de prejuicios, tendría que echar a la mitad de los poetas a la caneca y no seré yo quien lo acompañe en el empeño.

José Alfredo le cantaba al amor peligroso, al amor belicoso, al amor vengativo, y hasta reclutaba a Dios para sus batallas: “qué bonita es la venganza, cuando Dios nos la concede”. Sin embargo, quienes en últimas se comieron este plato frío fueron sus enemigos, que lo vieron morir de cirrosis hepática a los 47 años. José Alfredo sucumbió así al mismo mal de Benny Moré, de Roberto Bolaño y de tantos otros que creyeron poder dominar al alcohol, siendo aplastados por él.

Para escribir esta columna me puse a escarbar en la biografía del gran charro, pero pronto paré porque me iba deprimiendo e incluso llegué a vislumbrar por qué tomaba. La poesía, qué duda cabe, sale a veces de ambientes vulgares, de familias mediocres y llenas de problemas como las hay por millones. La única diferencia es que en las demás nadie puede decir de sí mismo, con todo el desparpajo: “Descendiente de Cuauhtémoc, / mexicano por fortuna, / desdichado en los amores / soy borracho y trovador...”.

 

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