Por: María Elvira Bonilla

El himno de la alegría

Fue multitudinaria la manifestación del sábado 15 de octubre en la Plaza del Sol, en Madrid, donde nació el movimiento de los "indignados" el pasado 15 de mayo.

Igual sucedió en Nueva York, Tokio, Sídney, en 165 ciudades del planeta. La de Madrid concluyó con el ‘Himno de la alegría’ de la 9ª sinfonía de Beethoven. Un verdadero símbolo de la añoranza de lo perdido: la alegría. Jóvenes que reclaman “un cambio global” para volver a tener esperanza, para volver a creer en la vida, en la sociedad, en el futuro.

El reclamo de los indignados del mundo no es por un simple bienestar material, ni por reivindicaciones concretas, reducido al simplismo de quienes detentan el poder. Su reclamo es de fondo: buscan recuperar el sentido mismo de su existencia. Responde a un desasosiego vital, como el que describe Sábato en su libro Antes del fin: son muchos los motivos que tienen los jóvenes para descreer de todo; herederos de un abismo, deambulan exiliados en una tierra que no les otorga cobijo. Acongojados y desconcertados por pertenecer a un tiempo en que se han derrumbado los muros, pero donde aún no se vislumbran los nuevos horizontes.

Ese es el fondo del reclamo. Una rebelión colectiva contra el ‘No futuro’. Un llamado de atención, un sacudón dirigido a quienes toman las grandes decisiones económicas. No por casualidad, mientras los indignados hacían oír su voz, simultáneamente en París se reunían los ministros de Hacienda del Grupo de los 20, el de los países más ricos del mundo. Sordos. Como siempre. Ocupados con la salud del sistema financiero y con su restablecimiento a cualquier precio, aún a costa de las grandes mayorías. Ciegos y sordos en su tarea de salvarles las utilidades a los bancos, de cuyas entrañas muchos de estos funcionarios provienen. Sordos al clamor creciente y justiciero, a los gritos de “somos el 99%” con el que reclaman que las decisiones de política económica estén dirigidas al bienestar, al mejoramiento de la calidad de vida de los ciudadanos de a pie, que son la mayoría y e cuyos hombros recaen las privaciones y recortes presupuestales que les imponen los gobiernos para “salvar” al sector financiero con su avidez que ha convertido al escenario económico en un casino.

Curiosamente son dos filósofos nonagenarios, ambos franceses, Stéphane Hessel con su libro ¡Indignaos! y Edgar Morin con el recién publicado La vía, los que en el ocaso de sus vidas dan luces para explicar el malestar de la época, el vacío y la carencia que vive Occidente, última causa del movimiento de los indignados. Coinciden en que la indignación motivada por la dictadura de los mercados financieros que amenaza la paz y la democracia debería originar la creación de una fuerza ciudadana con capacidad para detener la creciente subordinación de los gobiernos a los caprichos y exigencias de un capital financiero hoy internacionalizado. Los jóvenes estadounidenses, con su consigna Occupy Wall Street, lo afirman con contundencia. Hessel y Morin no son nostálgicos. Su propósito es mirar el pasado para pensar el porvenir. Como lo debían hacer, si tuvieran algo de responsabilidad con el futuro, los gobernantes del mundo. Y poder volver a entonar todos el ‘Himno a la alegría’.

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