Por: Christopher Hitchens

El hogar de un hombre es su castillo constitucional

HAY COSAS QUE SE PUEDEN INtentar cuando uno es enfrentado por un policía, y hay cosas que no pueden intentarse —o que más conviene no hacerlo—.

El pasado Día de los Veteranos yo viajaba en un taxi por el Monumento a los Caídos en Vietnam, en Washington, D. C., cuando un auto policiaco se atravesó en el tráfico y obligó bruscamente a que todo se detuviera. Al bajar la ventanilla y preguntar cuál era el problema y cuánto tiempo tardaría en resolverse, una bestia rubia con cara de rata y cabellera grasosa, que actuaba como si hubiera estado esperando todo el año para hacerle daño a alguien, me gritó desaforadamente. (Vestía un uniforme que yo había ayudado a pagar).

Con frecuencia tengo problemas para mantener cerrada la boca, pero vi de inmediato que esta criatura defectuosa lo que estaba pidiendo era problemas y que me costaría días y no horas si le proporcionaba cualquier réplica. (Creo que fue la forma demente en que gritó “¡Porque puedo!” y “¡Porque lo digo yo!”). Rezumaba tal cantidad de odio que ni siquiera traté de acercarme lo suficiente para preguntarle su nombre o verla, junto con el número. Toda esa cosa, y en particular mi pasividad tan poco digna, me provoca espasmos todavía cada vez que pienso en ella. Pero no reforzaba, si usted me entiende, ningún recuerdo general humillante. De hecho, ya me había más o menos olvidado de ella hasta hace poco.

Más recientemente, estaba caminando de noche en el suburbio boscoso de California donde paso el verano, tratando de pensar en un ensayo que estaba escribiendo. Súbitamente, una patrulla policiaca gruñó suavemente cerca de mí y una luz me iluminó. “¿Qué está haciendo?”. No estoy muy seguro de qué fue —había soportado aburriciones y retrasos esa semana por la seguridad en los aeropuertos—, pero súbitamente decidí que no estaba de humor, así que respondí: “¿Quién quiere saberlo?” y seguí caminando. “¿Dónde vive?”, preguntó la voz. “Eso no es asunto suyo”, dije yo. “¿Qué tiene bajo su chaqueta? ¿Cuál es su causa probable para estar caminando?”. Para entonces yo estaba casi intoxicado por la sola posesión de mis derechos constitucionales. Hubo una pausa y entonces el policía preguntó cómo iba él a saber si yo no era un intruso o un ladrón. “No puede saber eso”, le dije. “Eso es algo que yo sé y usted tiene que averiguar. Espero que se le ocurra una causa probable”. El auto avanzó gruñendo durante unos momentos más, y luego se alejó. Sin duda el conductor pidió a central alguna información, pero no regresó.

En la primera instancia, descubrí de nuevo lo que todo el mundo sabe, y que es que hay muchos deficientes mentales e inadecuados a los que, de alguna forma, se les permite entrar a la fuerza policiaca. En el segundo caso, encontré que un buen policía, incluso en plena noche, puede usar su criterio, y lo usa, incluso si el “sospechoso” está siendo un tanto impertinente. Pero en serio, ¿cree que hubiera podido hacer lo que hice la segunda vez, o siquiera intentado hacerlo, o me hubieran dado la oportunidad de hacerlo, si yo hubiera sido negro?

El asunto de Skip  Gates está determinado tanto por lo que no pasa ni puede pasar como por lo que pasa regularmente (Colbert I. King de The Washington Post escribió una vez una muy reveladora columna acerca de cómo sus padres instilaron en él la necesidad de la puntualidad. Lo que subrayaba esta lección cotidiana era que si te retrasas, quizá tengas que correr, y un joven negro corriendo por las calles podía muy bien ser detenido antes de que llegara a su destino legal).

Puedo imaginar cómo un vecino negro pudo haber llamado a la policía al ver al profesor Henry Louis Gates Jr. tratando de abrir la puerta de su propia casa. Y puedo igualmente visualizar a un policía un poco iracundo o quizá sumamente sensitivo respondiendo a la llamada. Y puedo ver cuánto se tardaría el malentendido en ser comprendido por ambas partes. Pero Gates tenía una cojera que en parte es responsable por su apodo de infancia y es delgado y modesto en su forma de ser. Además, lo que haya dicho al policía fue en la privacidad de su propia casa. Es monstruoso en extremo que él fuera, en su propia casa, esposado y luego llevado a la comisaría, después de que había sido claramente establecido que sin duda era el dueño de la casa.

El Presidente ciertamente debió haber mantenido cerrada la boca acerca de todo esto —él es un alto oficial de la ley con un deber de imparcialidad, no el microgerente de nuestras disputas domésticas—, pero una vez que dijo que la conducta de la policía fue “estúpida” debió atenerse a eso, independientemente del arco iris de tonalidades que tan patética y oportunísticamente fue mostrado por el Departamento de Policía de Cambridge. Es la Constitución de Estados Unidos, y no una aglomeración competitiva de comunidades o grupos electorales lo que hace a un ciudadano el soberano de su propio hogar y privacidad. No hay absolutamente ningún requerimiento de ser cortés en la defensa de ese derecho. Y tales derechos no pueden ser descartados con una negociación conciliatoria y una cerveza en la Casa Blanca.

Raza y color son consideraciones de segundo orden en esto, si es que son consideraciones. Yo fui asaltado una vez por un hombre blanco en el Lower East Side de Nueva York y después de rendir mi declaración en la estación policiaca local, me mostraron laboriosamente todo un álbum de fotos de “delincuentes” negros. Lo absurdo de esto era no sólo la incapacidad de una fuerza policiaca, mal adiestrada y carente de cultura, en cuanto a creer lo que les estaba diciendo, sino la certeza de que su estupidez estaba ayudando al verdadero culpable a escapar. Gates debería haber basado su defensa en la Carta de Derechos y no en su epidermis o la del oficial que lo aprehendió y, si no tuvo la serenidad para hacerlo, eso no nos debe inhibir al resto de nosotros.

*Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, su ironía y su agudeza intelectual. Traducción de Héctor Shelley.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Christopher Hitchens

Mecanismo de gatillo

Volando alto

Atrapados en una cinta