Por: Reinaldo Spitaletta

El hombre del perrito de fieltro

El tipo que ven ahí, en el escenario, es un poseso, un endemoniado, un ser que ha insistido durante casi sesenta años en los asuntos y trasuntos del teatro.

Es de Medellín, sí, y no hace parte –ni por herencia- de aquellos ricos barrigones que pintara Fernando González con sus palabras de puñal. Es un burgués, como él mismo lo ha dicho, que escandalizó hace tiempos la aldea con obras como Las Monjas y con un panfleto delicioso titulado Los Mofetudos.

Digo que ese tipo con nariz judía y anteojos es al que la ciudad le debe tanto en el teatro, que podría ser una deuda impagable. A esta urbe con reminiscencias aldeanas -aunque las quieran borrar los constructores salvajes-, ya él le donó su biblioteca en la que reposan más de diez mil volúmenes, entre libros, recortes de prensa, revistas, colecciones de teatro, libretos. Que allí te podés encontrar con Shakespeare y Pirandello y Dario Fo y el gran Brecht. Ah, y aquí recuerdo haberle escuchado decir al señor que está ahí, en el proscenio, una frase célebre del dramaturgo alemán: “No lo diga: ¡hágalo!”.

Que ya ustedes lo identificaron: se trata de Gilberto Martínez Arango, nacido en 1934, nadador, que ganó medallas de oro en suramericanos, panamericanos, que representó al hoy casi muerto barrio La Toma de Medellín en justas locales y a Colombia en los olímpicos de Melbourne. ¿Y a qué se debe que en la prensa, en la que casi nunca se escribe de teatro, se esté hablando de este dramaturgo, director, actor, formador y empecinado hombre de las tablas?

Por fortuna, sigue vivo este cardiólogo, autor de una obra sobre Galán, al que los españoles decapitaron y desmembraron: El grito de los ahorcados. Fundador de elencos como el Teatro Libre de Medellín, El Bululú y El Tinglado, fue el creador (con Rafael de la Calle y Rafael Arango), en los sesentas, de la Escuela Municipal de Teatro, de la cual lo despidió el alcalde Óscar Uribe, por “comunista”, mejor dicho, porque estaba promoviendo el “teatro del oprimido” del brasileño Augusto Boal, del cual Gilberto montó Revolución en América del Sur.

Martínez, decano de los teatreros de Antioquia, y tan importante como Enrique Buenaventura, Jairo Aníbal Niño o Carlos José Reyes, a veces se resiente porque los “intelectuales” no acostumbran ir a teatro y porque algunos consideren que éste no es literatura. Sin embargo, creo, es una aventura del espíritu leer teatro, como el de Shakespeare, Arthur Miller, Tennesee Williams y –para mi gusto- el de Antón Chejov.

Ese señor que se ha nutrido de Stanislavski, Grotowski, Miller, Alfonso Sastre y Brecht, que considera como el más genial del mundo al italiano Fo, del cual hizo un célebre montaje, Pareja abierta, es un maestro de la “dramaturgia de fragmentos”. Hace 25 años fundó la Casa del Teatro, hoy en el barrio El Prado, que fue, hace lustros, de las élites medellinenses y hoy vive días de decadencia. Tal vez su gusto por el teatro le venga de aquel tercero de bachillerato cuando analizó Los bandidos, de Schiller, o de las lecturas adolescentes de Oscar Wilde.

Cuando vivió en México, conoció una historia real y de ella escribió El hombre del perrito de fieltro (1964). Un anciano que habitaba una choza tenía un perro de fieltro, al que nombró Azulejo. Los ladrones, creyendo que estaba relleno de dinero, lo asaltan, despanzurran el muñeco y no hallan nada. El señor denuncia el hecho pero la policía lo cree loco. El viejo entierra a su mascota con un epitafio: “Aquí yace Azulejo. Era un ilusión”.

Ese señor, Maestro Honoris Causa en Arte Dramático de la Universidad de Antioquia, publicó este año el libro Apostillas Memoria teatral, obra de referencia para actores, aficionados, directores y todo el que quiera aprender un poco más sobre el mundo misterioso y necesario del teatro. Gilberto Martínez sigue ahí, con su teatro, sus teorías, sus montajes, sus alumnos. Sus libros. Tiene mucho de loco este buen burgués que desde sus inicios teatrales sabe que el arte es otra forma de la subversión.

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