El hombre-masa contemporáneo

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Hace 90 años, José Ortega y Gasset publicó La rebelión de las masas, un libro en el que ilustra la inconformidad de las nuevas generaciones por el estado de la sociedad y argumenta que dicha inconformidad está basada, en gran medida, en la ignorancia. El hombre-masa es el que nunca ha experimentado en carne propia el hambre, la muerte ni la desgracia que vivieron las generaciones anteriores y, por el contrario, llegó a un mundo de progreso material y bienestar, resultado del esfuerzo de sus padres, abuelos y todos los que lo precedieron.

Ortega hizo esta reflexión aun sin tener a su disposición el arsenal de información como el que han dado a conocer recientemente Xavier Sala i Martín o Steven Pinker sobre el progreso material de la humanidad, que señala que, desde el octavo milenio antes de Cristo hasta mediados del siglo XVIII, la gran mayoría de la gente tuvo una vida miserable, de apenas unos 37 años, sus líderes no eran elegidos, las leyes eran arbitrarias, la justicia no existía y la indefensión de los pobres ante los poderosos era absoluta. Gracias a la modernidad, con la democracia liberal y la economía de mercado, en los dos últimos siglos, la esperanza de vida se disparó, la pobreza se desplomó y el ingreso por habitante se multiplicó muchas veces. Si bien, en un país como Colombia, ese bienestar y progreso solo se dio en el último siglo, también se lo puede definir como espectacular.

Por no ser conscientes del pasado, esas nuevas generaciones se comportan, dice Ortega, como niños malcriados e ingratos que reciben en herencia unos beneficios que no merecen y que, por consiguiente, no aprecian. Quizá por esas razones son tan idealistas y perfeccionistas, confían exclusivamente en su subjetividad, desconocen y desprecian las normas existentes y, por estas razones, son proclives a caer en lo que Giovanni Sartori definió como el “perfeccionismo democrático”. Esta es una tendencia que exige que los ideales se realicen al pie de la letra y de inmediato, no se reflexiona sobre su posible impracticabilidad y cuando se dan cuenta de que forzarlos no da los resultados esperados y a veces produce los resultados opuestos, su reacción solo consiste en exagerarlos, alimentando la creencia sobre la maldad de la sociedad y de “la élite” o “el régimen”, contra lo cual no basta la reforma sino el cambio total para extirpar el mal.

No cabe duda de que este idealismo y subjetivismo alimentaron los movimientos guerrilleros de la década de los 60, y también de alguna forma otros movimientos, como Mayo del 68 o las protestas sociales más recientes en Chile, Ecuador y Colombia. Lo que Ortega no reportó hace un siglo fue el hombre-masa de avanzada edad, que ha aparecido en países como Chile y Colombia, que parece retornar a la adolescencia y critica al “régimen”, ese mismo régimen del que en muchos casos hizo parte y que de muchas formas lo benefició. Curiosamente, este hombre-masa también reniega, a veces, de muchas reformas de las últimas décadas que produjeron enormes beneficios, reformas que él mismo propició.

Quizá la pandemia que estamos padeciendo nos ayude a hacer consciencia sobre el pasado, no para idealizar lo logrado, pero sí para reflexionar sobre lo mucho que tenemos aún por avanzar, reconociendo el enorme esfuerzo y sacrificio de quienes nos precedieron.

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