Por: Columnista invitado

El hombre necesario

Tras la muerte de Hugo Chávez es común leer que el fallecido presidente “partió en dos la historia de Venezuela”.

Esta afirmación invisibiliza las condiciones estructurales que permitieron su ascenso al poder, pero también refuerza la visión de un hombre providencial que construye la historia. Tal vaguedad funciona tanto para la oposición venezolana, que ha sido torpe en reconocer las condiciones que gestaron el chavismo, como para este movimiento, cuyo futuro depende de la construcción de un sólido mito político alrededor de la imagen del difunto.

Aceptar que Chávez dividió la historia es olvidar que su llegada al poder fue posible justamente porque previamente se había producido una fractura en el modelo económico en el Estado y en la sociedad venezolana, lo que ocasionó el cuestionamiento de muchos de los mitos sobre los que descansaba el régimen de Punto Fijo (1958-1998).

Este quiebre, nombrado por los sociólogos “coyuntura crítica”, se produjo cuando en 1989 Carlos Andrés Pérez aplicó el paquete de ajuste neoliberal. El aumento de los precios de los combustibles, el fin de lo subsidios del Estado a los servicios públicos, y en especial a la importación de alimentos —porque el vecino siempre ha comprado su comida—, y el despido de empleados estatales, lanzaron a la calle a cientos de personas en lo que se conoció como el Caracazo. El Estado respondió sacando a las calles el ejército y dejando un saldo de muertos parecido a nuestra masacre de las bananeras: 280 para el Gobierno y miles para los sectores populares.

El Reventón, como llamaba Chávez a este quiebre, echó por el piso lo que sostenía hasta ese momento el sistema político: un Estado mágico que repartía la renta petrolera entre sus habitantes, la idea de que el vecino país era una sólida y pacífica democracia y el prestigio de los partidos políticos que habían gobernado en los últimos 40 años. Pero también mostró una sociedad dividida entre sectores privilegiados y sectores populares que se lanzaron a la calle a protestar y saquear. Esta fractura que produce el neoliberalismo se expresó en un aumento de la pobreza extrema en Venezuela de 14% en 1988 a 30% en 1989, 34% en 1991 y 46% en 1998 y es esto lo que en toda la región permite la llegada del outsider —un líder que viene de fuera del mundo político—.

Y no fue sólo Chávez, aunque sí fue el primero; luego lo siguieron Lula en 2003, Evo Morales en 2006, quien se gestó en un contexto de conmoción social similar, las protestas por la privatización del agua en Cochabamba, y también Correa y los Kirchner y Tabaré Vásquez, entre otros.

Este panorama histórico fue el que pretendieron borrar de un plumazo los golpistas de 2002 y el que algunos miembros de la oposición apenas han comenzado a reconocer. Los chavistas, por su parte, parecen desconocer que si no hubiera sido él habría sido otro militar, pues el ahora difunto presidente no estaba solo, sino que hacía parte de un grupo clandestino al interior del ejército venezolano (MBR-200), que reunía militares con ideas socialistas y desarrollistas y que ante la crisis planearon el regreso a la escena política, como puede verse en las entrevistas que concedieron después de la intentona golpista de 1992.

 

 

 

*Martha Lucia Márquez

 

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