Por: Augusto Trujillo Muñoz

El hombre necesario

Humberto de la Calle encarna el presente de la historia colombiana. Desde el punto de vista liberal supone la recuperación de una historia fecunda, y desde el punto de vista nacional representa una síntesis de las acciones por la paz, desde el plebiscito de 1957 hasta la Asamblea Constituyente de 1991, en la cual participó como ministro de Gobierno.

Durante siglo y medio el liberalismo fue protagonista de un proceso de construcción del país con sentido nacional, sin perjuicio de los matices que convivían en el seno del partido. Murillo Toro, Florentino González y José María Samper en el siglo XIX, o López y Santos, Gaitán y Turbay, Echandía y los Lleras en el siglo XX. De la Calle es hijo del espíritu de la República Liberal, cuya concepción social del Estado y del derecho es precursora de los logros de 1991. Y es protagonista de recientes decisiones que sellaron un pacto de paz pensado en función de la convivencia social.

Por desgracia el Partido Liberal —como los demás partidos— y el Estado mismo acusan factores de crisis. Las instituciones se deshacen, la corrupción invade los organismos públicos y privados, la polarización se agudiza. Hay un divorcio entre las élites y la sociedad. El Poder Ejecutivo coopta a legisladores y a jueces, desencadenando un fenómeno de descomposición moral que contamina todo el cuerpo social. De los carteles de la droga hemos pasado al cartel de la toga en un proceso vergonzoso que ha instalado en el país una cultura de los antivalores.

En ese proceso el Partido Liberal, que como lo definió el expresidente Carlos Lleras era una conjunción de matices de izquierda, desatendió sus compromisos doctrinarios y se puso al servicio de intereses menores. En otras palabras, vació de contenido la política. En ese ámbito nacieron otros partidos, como La U y Cambio Radical por ejemplo, cuyo legado terminó siendo aún más pobre y bochornoso, como lo muestran los hechos. Hemos llegado a un momento de desengaños y defraudaciones. Los sonidos de la izquierda se congelan en su dogmatismo político y en su incapacidad para los consensos. Desde la provincia, algunos posan en traje alternativo que se nota vacío de mensaje. El Centro Democrático mira menos al futuro que al espejo retrovisor.

Sin embargo, en el ciudadano promedio sigue existiendo un espíritu liberal que va mucho más allá del partido. Sólo que anda suelto, sin orientación, decepcionado. Es una inmensa mayoría silenciosa que opera irregularmente en la vida política y que, en lo que va corrido del presente siglo, ha carecido de orientación responsable. Ante el vacío dejado por las camisas rojas miró primero hacia las camisas verdes y luego hacia las amarillas sin hallar respuesta. Ahora se asoman, en forma preocupante, unas camisas negras cuyos propósitos aparecen estimulados por los ejemplos populistas y por la peligrosa tentación del autoritarismo.

Es en ese escenario donde emerge la figura de Humberto de la Calle como “el último de los mohicanos” capaz recuperar el hilo perdido de esa historia, fecunda en logros sociales y contenidos éticos, para conectarla con la inmensa necesidad de sentido común que aqueja a la política. Por eso digo que De la Calle es el presente de la historia colombiana. Encarna una visión sin la cual es imposible construir un porvenir donde quepamos todos. Piensa el presente con responsabilidad. Es un hombre conceptuoso cuya sensibilidad humana convierte en conciencia cada centímetro de conocimiento.

Pero además tiene una visión del Estado que no se agota en el país político. Proyecta una energía espiritual estimulante de actitudes abiertas y solidarias, deliberantes y constructivas. Es el único, entre todos los actuales candidatos, que exhibe los cuatro soles del general probado en las luchas propias de la arena democrática. Es un estadista. Por formación y por temperamento De la Calle sintetiza la clarividencia del sentido común y la capacidad de ponerse de acuerdo con cualquier ciudadano que sienta la política como servicio. Es un hombre necesario para estos momentos. Sería un gran presidente.

*Exsenador, profesor universitario. @inefable1 

 

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