Por: Julio César Londoño

El hombre que cerró el Infierno

MAÑANA LA IGLESIA TENDRÁ UN santo más: Karol Wojtyla será canonizado por una serie milagros que han superado los severos exámenes de la Congregación para las Causas de los Santos.

Entre los milagros del polaco (la Congregación exige que el candidato haya realizado por lo menos dos milagros nítidos) el más documentado fue la curación de Marie Simon Pierre, una monja aquejada de parkinson y desahuciada por los mejores neurólogos de Francia.

En realidad no es un santo más. Juan Pablo II fue uno de los papas más aplicados e influyentes de la Iglesia moderna: halagó al Señor en siete lenguas, cumplió una labor evangelizadora sin precedentes, metió el hombro en la independencia de Polonia, el derrumbamiento del muro de Berlín y la disolución de la URSS, llamó “capitalismo salvaje” al neoliberalismo y calificó las guerras, todas, como “derrotas de la humanidad”.

Él me miró un día. Cuando estuvo en Colombia, la prensa mundial aprovechó la ocasión: “El Papa en el infierno”, titularon. En esa ocasión él me miró. Venía de Popayán por la carretera panamericana. Yo esperaba su paso en la Universidad del Valle. Cuando fijó sus ojos en mí, su mirada atravesó el frágil cascarón del joven ateo y me produjo un estremecimiento sólo comparable al que sentí el día que la señora Sandra Borda Caldas me sostuvo la mirada un segundo más de lo que aconseja la discreción. Sobra decir que ni con Sandra ni con Juan Pablo la cosa pasó a mayores.

Haciendo honor a su título de pontífice, artífice de puentes, visitó imanes, popes y lamas, a jerarcas de todas las religiones salvo al que no se pudo tragar jamás, al Pope de la iglesia rusa ortodoxa.

Después de los tres balazos que le metió Alí Agca, sufrió una crisis de fe de la que no se recuperó nunca. Siguió creyendo en la voluntad divina pero interpuso para siempre entre él y la grey los cristales blindados del papamóvil.

Pidió perdón por la Inquisición, a los judíos y a Galileo Galilei.

En muchos temas, hay que decirlo, Su Santidad pasó agachada. Sobre el aborto, la eutanasia, los anticonceptivos y el celibato, mantuvo la misma inhumana y terca posición de sus antecesores. Sus soberbias declaraciones contra la causa gay fueron castigadas (¿manes griegos?) con un escándalo maloliente que le explotó en la cara: una epidemia de pedofilia en lo más selecto del clero estadunidense.

Su campaña contra la ordenación sacerdotal de mujeres fue una actitud sensata. Además de ser brujas naturales, ellas constituyen una aplastante mayoría en las huestes católicas. Si les dan tantico de igualdad, se toman el Vaticano.

En lo referente al dogma, introdujo una novedad más trascendente que la aceptación de la fabilidad papal, debida al innovador Juan XXXIII, al declarar urbi et orbi que el cielo y el infierno eran estados de conciencia, no lugares físicos.

La pregunta que nos hemos hecho todos estos años los teólogos y los columnistas es: ¿qué fue, entonces, del alma de Juan Pablo II después de su muerte? Cerrados ya el cielo y el infierno, es lícito suponer que su alma vagó como un barco en un mar sin orillas, como la pobre Marie Simon en los difusos laberintos del parkinson, hasta que SS Benedicto volvió a abrirlos en un súbito rapto de lucidez. Una grey sin infierno, debió pensar, es tan peligrosa como un país sin cárceles.

¿Dónde estará Juan Pablo II ahora? Quizá purga sus herejías en un limbo de escarnio. O se arrellana a la diestra de un Padre que ya perdonó sus errores. O gira per secula seculorum en la rueda del eterno retorno. O canta, reencarnado en almuecín, la magnificencia de Alá. O acata, humildísimo y orgánico, las leyes de la materia corruptible. Donde quiera que estés, que seas jubiloso, San Juan Pablo II.

 

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