El “homo remotus”, fruto ácido

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El trabajo en casa está perfilándose como el más reciente invento de los sabios de Menfis. Beneficioso para los empresarios, claro está. Para los empleados, en cambio, es un yugo perfumado. Al comienzo de la cuarentena estos se embelesaron con la idea de no atravesar la ciudad y en cambio arruncharse con la familia, laborando en piyama.

Con el paso de las semanas, la novedad comenzó a exhibir su veneno. Las ocho horas que el sueldo tradicional compraba se fueron transformando en veinticuatro. Internet se reveló como esa máquina dulce que traga tiempo sin que el paciente note que le devoran el alma.

Hace poco salió al aire un anuncio publicitario en que uno de los bancos más poderosos del país exulta de dicha por haber encontrado al “empleado del mes”. Es el que trabaja 24/7, desde su hogar. Ningún patrón había soñado tal ganga. A golpe de un clic, tener a todo su staff atendiendo órdenes.

Los aparatos electrónicos tienen vida eterna, no hay peligro de que se cansen. Un computador no interrumpe para almorzar, no hace tertulia con su vecino, ignora si es de día o de noche. No así su esclavo usuario. El tiempo completo salta a jornada continua, para convertirse en una banda sinfín que borra del panorama los domingos.

El trabajador remoto es apresurado por conductos de fibra óptica capaces de resumir un mundo en milímetros. Las mujeres llevan la parte terrible. Tienen que hacer almuerzo, estar pendientes de los niños y de ese niño con barba crecida que se llama marido. Si se desenchufan una hora o dos al mediodía, corren peligro de ser amonestadas desde la plataforma donde se alinean reuniones frenéticas como vagones de tren.

Las empresas contabilizan lucros adicionales. Bajan los gastos en servicios públicos, sobra la asiduidad de las aseadoras, los pocos funcionarios presenciales derrochan eficiencia ante la supervisión hombre a hombre de los gerentes. Al quinto mes de pandemia la junta directiva decide cerrar las oficinas.

¿Para qué pagar arrendamientos o arrastrar con lucros cesantes? Las viviendas de los trabajadores suplen silenciosamente esas erogaciones que se habían vuelto elefantes blancos. El empleado del mes es ahora el subordinado perpetuo, el surtidor de obligaciones que no cesa.

Entre tanto este hombre o mujer va entrando en cólera. La emprende contra los niños y la señora, se sulfura consigo mismo. Con ojos hinchados y dolores del nervio ciático, maldice el encierro, echa de menos el aire gris de las calles, recuerda el pasado cuando su blanda presencia en la oficina acreditaba un sueldo.

En la nueva realidad, llegada para quedarse, su presencia física está de más. Se requiere su cerebro, acelerado por incontables lapsos en que pantallas y teclas ejercen vigilancia omnisciente. Es un ser virtual, una suerte de cyborg, organismo cibernético descubierto a raíz del coronavirus para anticipar lo que será una humanidad con todos los deberes y ningún derecho.

Nadie entrevió que la cuarentena dejaría como fruto ácido este homo remotus.

arturoguerreror@gmail.com

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