Por: Columna del lector

El humor en los tiempos de la indiferencia

Por Richard Yosef

La alegría y esperanza  que el proceso de paz ha traído a los colombianos es un hecho indiscutible. Sin embargo, se está viendo opacado por los vergonzosos casos de corrupción y pillaje en las más altas y sensibles instituciones del país.

Desde que tengo memoria, los colombianos nos hemos acostumbrado a reír de nuestra triste realidad. ¿Cómo no reírnos de paradojas que rayan en lo ridículo, como la de tener un fiscal anticorrupción corrupto, un jefe de seguridad que es un criminal, magistrados cuyos fallos los determina el valor del cheque girado a su nombre o de ver cómo unos pobres campesinos terminan siendo víctimas de quienes se suponen les estaban defendiendo?

Me divierten montones los programas de radio y televisión, las caricaturas, las obras de teatro, los humoristas y los youtubers que día a día le ponen esa “pizca de humor a nuestra cruda realidad”. Pero me pregunto: nosotros, la audiencia, ¿entendemos que se trata de una crítica, que más allá de los guiones, la originalidad, la creatividad y la producción, busca sacudirnos para que generemos un cambio que le ponga fin a la corrupción, al abuso de poder y a la injusticia? Por desgracia, yo creo que no, que la mayoría no lo entiende así o no quiere entenderlo. Porque la risa, el humor, el sarcasmo y la sátira se han convertido en un placebo, en un escudo que nos ha vuelto impermeables al ácido corrosivo que pretende diluir los cimientos mismos de la Nación.

Sus palabras y actuación nos hacen reír a carcajadas, pero más bien deberíamos llorar. Sus argumentos lo único que nos demuestran es que todo esto sucede bajo la complicidad de nuestra apatía, de nuestra indiferencia y del sentimiento de derrota e impotencia que se refleja en la actitud que se adopta cuando escuchamos que uno de estos absurdos a ocurrido. ¿Qué más se puede esperar de una clase política como la colombiana, gritan unos, si son unos corruptos? Otros, por su parte, los insultan, y otros buscan sacarle partido a la situación, para trepar y beneficiarse a sí mismos. No somos capaces de reconocer nuestra indiferencia y nuestra culpa. ¡Sí, nuestra culpa! Somos nosotros los que tenemos el poder de poner o quitar a esa clase corrupta. Somos nosotros los que podemos obligar a las instituciones judiciales y penales a que traten a los criminales de “cuello blanco” de la misma forma como se trata a cualquier otro ciudadano. Somos nosotros los que tenemos el poder, sin embargo, le seguimos echando la culpa a los demás.

Una cita reza: “Dios no cambia la situación de una Nación, hasta que su gente se cambie a sí misma”. Y hasta que no comprendamos la seriedad de los humoristas y caricaturistas, hasta que no reconozcamos nuestra culpa en todo esto y seamos conscientes del poder del que disponemos, pues nuestra Nación no cambiará, no se nos hará el milagrito.

 

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