Por: Columnista invitado

El imperio enviciado

Por: Alberto López de Mesa

En Estados Unidos, la empresa Quest Diagnostics Druc Testing Index, responsable de analizar el consumo interno de cocaína, en su último reporte confirma la tendencia, desde el 2015, al aumento acelerado del consumo en personas entre los 15 y 65 años, con cifras alarmantes en Nueva York, Washington, Filadelfia y San Francisco. Ante tal evidencia, la DEA y el Congreso gringo no dudaron en culpar a Colombia del enviciamiento de su población, con el argumento de que aquí también han aumentado los cultivos de coca, la producción de cocaína y el narcotráfico.

El presidente Trump se manifestó amenazando con sanciones, desertificaciones y embargos para que el país se apure en practicar la aspersión del herbicida glifosato, la erradicación forzada de cultivos ilícitos y la persecución decidida a los productores y traficantes de cocaína.

Los colombianos tenemos pruebas históricas y fehacientes de lo fallidas que han sido la fumigación aérea, la persecución policiva a los cultivadores y en general todas las medidas prohibitivas sin los cambios estructurales en lo económico y en lo cultural, que implicaría una seguridad y un desarrollo sostenible del campo, que propicie el remplazo de las plantas prohibidas por cultivos lícitos y formales. Sin embargo, el gobierno, intimidado por el refunfuño imperial, se apuró a atender la amenaza, mostrando que si tenía voluntad de frenar la proliferación de cultivos de coca: entonces aumentó la presencia de la policía antinarcóticos en las regiones, adelantó programas para la erradicación voluntaria y/o forzada de cultivos de coca, con la consecuente reacción de las bandas del narcotráfico, que en Urabá, Chocó, Cauca y Nariño, se mueven como dueños y señores, sobornando a los gobiernos municipales y presionando con armas a los campesinos para que continúen sembrado la materia prima del producto con mayor demanda en Estados Unidos.

En ese pandemonio de ambiciones, descreimiento, abandono y miseria, los nativos y los campesinos viven en una zozobra sin destino, mueren a diario los que desobedecen al poder imperante en la región o los que denuncian la corrupción rampante.

El asesinato de los siete campesinos por parte de la policía antinarcóticos en Tumaco, es el caso patético que evidenciaron los noticieros, pero igual, en toda la ruralidad colombiana, a diario, hay crimines de los que no se enteran los medios de comunicación, todos resultados de este zaperoco mortal que nos obligó el imperio.

Los norteamericanos no aceptan ni quieren asumir su responsabilidad en el drama del narcotráfico. Supongamos, en un instante de ficción, que un gobernante colombiano se atreviera a decretar un embargo cocainero a los EE.UU., que durante un tiempo no saliera de aquí ni un gramo de cocaína, les aseguro que en tres días de abstención la ansiedad destruiría al imperio enviciado.

 

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