Por: Carlos Granés

‘El impostor’ y el dilema moderno

Enric Marco es uno de los mayores mentirosos de la historia, el arribista máximo, el gran maldito. Supe de él cuando estalló el escándalo que descubrió al mundo la inverosímil máscara, trazada de invenciones, que lo había convertido en voz de los sin voz y conciencia moral viva de los horrores del siglo XX, y he vuelto a quedar fascinado y perturbado con su inverosímil historia después de leer El impostor, la última novela de Javier Cercas.

 Marco, un mecánico de vida mediocre, sin mayor mérito que lo distinguiera de la aborregada masa, trazó un guión ficticio y lo siguió línea a línea, sin pudor alguno, engañando a su familia, a los sindicalistas antifranquistas, a las víctimas del nazismo, a la sociedad catalana y a media humanidad, hasta conseguir la vil proeza de convertirse en presidente de la Amical de Mauthausen. Vil porque instrumentalizó los peores crímenes de la humanidad y el sufrimiento de millones de personas con el trivial y mundano fin de hacerse famoso y querido; proeza porque cumplió el secreto anhelo del hombre y la mujer modernos: convertirse en otro, impugnar la insuficiencia de su vida y vivir una existencia a la medida de sus sueños y deseos.

La historia de Marco, tal como la recoge Cercas, pone al lector ante ese terrible dilema. Todos, en cierto grado, somos como Marco. Nuestros deseos y anhelos nos desbordan; son mucho más coloridos y excitantes que las experiencias reales que constituyen nuestras rutinarias vidas. La imaginación nos permite anhelar grandes aventuras, hazañas ciclópeas y peripecias vitales dignas de héroes, santos, donjuanes o mártires. El problema es que nuestra realidad concreta nunca da la talla de esas ambiciones y un sentido moral nos impide transgredir ciertos límites más allá de los cuales se abre un reino tan enardecedor como riesgoso. Marco cruzó ese umbral. Mientras lo que podemos llamar la sociedad honorable conducía su vida entre códigos morales que llamaban a la contención y a la verdad, Marco convirtió el Holocausto en un melodrama narcisista y kitsch con él como protagonista. La mentira anuló la distancia entre la realidad y el deseo y transformó a un hombre de la multitud en héroe de la libertad. Así fue tratado y reconocido hasta que un rectilíneo historiador, Benito Bermejo, haciendo honor a su disciplina y a la verdad, desenmascaró la farsa.

La contradicción entre el historiador honrado y el mentiroso narciso genera lo que Cercas llama “el punto ciego” de la novela. A pesar de que Bermejo es la encarnación de la decencia y la honestidad, su vida, en comparación a la del pícaro Marco, parece gris y desapasionada. La contradicción no se resuelve fácilmente porque en ella reside el dilema de la vida moderna. La convivencia social nos impone ciertas restricciones que impiden la temeraria expansión de la existencia. El resultado es la insatisfacción perenne, la sensación de que la vida verdadera está en otra parte, más allá de esa barrera. Por eso, aunque el repudiable ejemplo de Marco sea nocivo para la sociedad, lanza un desafío. ¿Quién es el mayor impostor? ¿El que sacrifica sus deseos por los otros, o el que vive sin importar las consecuencias? No tenemos respuesta a esa pregunta.

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