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hace 12 horas
Por: Esteban Carlos Mejía

El incendio de abril

"Nosotros no somos rateros", le reclama la costurera Rosalinda Salguero a un grupo que en la tarde del viernes 9 de abril de 1948 sale del Ministerio de Gobierno con sillas, alfombras y jarrones de porcelana.

 “Somos gaitanistas y venimos a quemar los edificios del gobierno, las iglesias de los curas y los negocios de los ricos”. Y lo ratifica el albañil Indalecio Forero, abaleado desde el campanario de la iglesia de Santa Bárbara: “A eso vine: a matar o a que me mataran. Ya cumplí”.

Un pandemónium alienta en las 358 páginas de El incendio de abril, segunda novela de la trilogía de Miguel Torres sobre el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Dividida en tres, la obra recorre, palmo a palmo y con visión estereoscópica, los intríngulis de ese día, desde cuando a la hora del almuerzo un hombrecito del montón dispara por la espalda contra el caudillo del pueblo, hasta la madrugada del sábado en una mansión del norte, pasando por la desesperada caminata que una mujer hace a medianoche en busca de su hombre, bajo la lluvia y la plomacera.

Miguel Torres, con lirismo, más allá de su exigente modulación dramática, inventa situaciones y personajes con entrañable solvencia. Al principio, el dolor es apabullante: “Nos quedamos de piedra, sosteniéndonos unos a otros como si todos fuéramos un solo cadáver: el cadáver inmenso de una muchedumbre sin esperanzas”. Luego cruje el rencor: “Un rugido atronador de venganza se oyó cuando vimos asomar las gigantescas llamaradas que anunciaban el incendio de la Gobernación”. Es la insurrección, “el río de fuego” con que a veces fantaseaba Gaitán. Después, el indigno final: “Ya nadie hablaba de revolución. Esa causa se había embolatado a cambio del consuelo de acabar con todo, de incendiarlo todo, de robar y emborracharse”.

En el intermedio, Ana Barbusse, escritora, deja su casa en La Candelaria para buscar a su marido, el pintor Francisco, que muy temprano salió a entregar un retrato al óleo del mismísimo Gaitán. Es una vorágine, diría José Eustasio Rivera. Un viaje al fin de la noche, añadiría Céline. O al horror, comentaría Conrad. Escenas de barbarie, desenfreno, agonía, como extraídas de las tremebundas pinturas de Hieronymus Bosch, El Bosco.

El final de la novela parece una obra de teatro en prosa. Santamaría, oligarca de alto coturno, se esconde en la casa abandonada de su vecino Campuzano para librarse del oprobio que, según la radio, preparan las masas gaitanistas contra los barrios ricos. Vela en mano, whisky a whisky, Santamaría y sus amigos, Umaña, Urrutia, Dávila, Cuéllar, Quijano, Pombo, con sus mujeres, Lucrecia, Nora, Leonor, Cristina, atisban el futuro a través de los postigos de las ventanas.

Si Arturo Alape en El Bogotazo (1983) y Herbert Tico Braun en Mataron a Gaitán (2008) re-construyeron con verismo la historia de esa fecha nefasta, Miguel Torres en El crimen del siglo (2006) y en El incendio de abril (septiembre de 2012) hace su espléndida re-creación literaria en un empeño narrativo que, a mi gusto, supera con creces a la legendaria novela de José Antonio Osorio Lizarazo, El día del odio (1952).

Rabito de paja: “¡Vuestras sombras son ahora la mejor luz en nuestra marcha!”. Jorge Eliécer Gaitán, 1948.

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