El incipiente fascismo en EE. UU.

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Hace dos años, en esta columna traíamos a colación la opinión de la analista Michelle Goldberg, quien aseguraba que la nueva ola política en Estados Unidos son los votantes de la izquierda, electores que han demostrado tener inusitadas simpatías por el socialismo. Según Goldberg, “el 65 % de los millennials demócratas entre los 18 y los 34 años ven el socialismo con buenos ojos. Para estos millennials, una sociedad más «humana» que se refleje en el control popular de los recursos y los medios de producción, en la planeación económica, en la redistribución de la riqueza, en el feminismo y en la igualdad racial son planteamientos atractivos”. Los millennials, ignorantes del fracaso universal de las sociedades comunistas (pero conscientes de las fallas del capitalismo), sueñan con un Estado socialista en el que la educación será gratuita para todos; la cobertura de salud, universal, y en el que se abolirán todas las restricciones aduaneras y a la migración. Parten igualmente de la premisa de que el Estado garantizará el pleno empleo.

El viraje a la izquierda de los electores estadounidenses está dentro de las reglas de juego de la democracia. El problema es cuando la izquierda va más allá de los postulados intervencionistas y colectivistas. Un ejemplo claro del incipiente fascismo en EE. UU. es la reacción de los tres principales diarios de izquierda (The New York Times, The Washington Post y Los Angeles Times) al discurso de Trump en el Monte Rushmore. Los tres medios censuraron la alocución por ser racista e incendiaria, cuando ni una sola palabra de dicho discurso incita a la discriminación o al odio. Es tan peligroso y evidente el viraje hacia el fascismo de esta nueva izquierda que un grupo importante de intelectuales, incluyendo algunos de extrema izquierda como Noam Chomsky, han empezado a tocar las alarmas. El diario El País, de España, en su edición del pasado 7 de julio, afirma: “Más de 150 escritores, académicos e intelectuales ―entre los que figuran Noam Chomsky, Salman Rushdie, Gloria Steinem, Margaret Atwood y Martin Amis, entre otros― han firmado una carta abierta en la que denuncian una creciente intolerancia por parte del activismo progresista estadounidense hacia ideas discrepantes. Tal como expone el escrito, consideran que esto hace mella en ambientes académicos y culturales, donde hay señalamiento y boicoteo, «castigos desproporcionados» y una consiguiente «aversión al riesgo» o autocensura que empobrece el debate público. «Debemos preservar la posibilidad de discrepar de buena fe sin consecuencias profesionales funestas», señalan. «Los responsables de instituciones, en una actitud de pánico y control de riesgos, están aplicando castigos raudos y desproporcionados en lugar de aplicar reformas pensadas. Hay editores despedidos por publicar piezas controvertidas, libros retirados por supuesta poca autenticidad, periodistas vetados para escribir sobre ciertos asuntos, profesores investigados por citar determinados trabajos», describe el texto, entre otros ejemplos”.

Según Alberto Vidal, “actualmente está muy de moda llamar «facha» a todo aquello contrario a la izquierda; pero, por extraño que parezca, el origen del fascismo no es la derecha, sino la izquierda. Los pensadores de este y del marxismo crecieron bebiendo de las mismas aguas. Como dice Lucía Etxebarría, «el engaño ideológico más perverso tiene lugar cuando un fascista acusa a su opositor de fascista, como si se estuviera proyectando en un espejo»”.

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