Por: Julio César Londoño

El indio que cifró el castellano

Me gusta la palabra gramática. Huele a orden. A civilización. A lógica. A claridad. Sus detractores se burlan de su rigidez, de las innumerables excepciones de sus reglas, de su lentitud para seguir los veloces cambios de las lenguas vivas, los mil inventos que acuñan cada minuto las facundas mujeres, los parlanchines jóvenes, los malevos con sus claves, los profesionales con sus jergas, los energúmenos con sus injurias y los enamorados con sus sedas verbales.

Los matemáticos la miran por encima del hombro. La encuentran amorfa y desordenada. Tienen razón. La matemática aprieta más… porque abarca menos. Y es ordenada porque la formulan unas pocas personas que obedecen reglas de hierro. En las lenguas, en cambio, meten la mano el pobre y el rico, el honesto y el magistrado, el zafio y el culto. De aquí su desorden. De aquí su potencia.

El día más feliz de mi vida fue cuando sustraje de la biblioteca de un seminario la Gramática de la lengua castellana de Andrés Bello. Tenía 14 años, había decidido ser escritor y empezar por el principio y con el mejor, Andrés Bello (han pasado casi 150 años y los españoles aún no digieren el hecho incontestable de que la mejor gramática española sea obra de un indio. Los entiendo. Fue un golpe bajo del destino (chupen, gilipollas)).

Era un volumen impecable, pesado, en octavo, pasta dura forrada en seda en Buenos Aires en 1941, rojas las letras capitales, generosas las márgenes y angosta la caja para que los renglones fueran cortos y para que corto fuera también el viaje del ojo.

En la página tres del prólogo aparece una entidad misteriosa. Casi platónica. O sin el casi. “Las palabras, signos del pensamiento, obedecen a ciertas leyes generales, que, derivadas de las leyes del pensamiento mismo, dominan todas las lenguas y constituyen una gramática universal”. Sí, es una frase mística, pero también lógica y sugestiva.

Las lenguas son flexibles y desordenadas porque deben entonar canciones, asestar ironías, esgrimir conjuros, arrojar injurias, emprender elipsis, acuñar refranes, adornarse con tropos, legalizar caprichos y otorgar licencias, operaciones que desbordan la lógica y desafían la sintaxis ortodoxa. Sumisos a las leyes de la concordancia escribimos “ojos verdes”, en riguroso plural, pero decimos “ojos violeta” en homenaje a la singularidad de los ojos de este color.

La Gramática de Bello tiene cuatro niveles de profundidad creciente. Las nociones básicas están en el cuerpo principal del texto en fuente de 12 puntos. Los ejemplos y algunas observaciones más finas están intercaladas en el cuerpo principal en fuente de diez puntos. Luego, en las “Notas”, hay ensayos sobre algunos temas que Bello estimó que ameritaban una explicación adicional (la clasificación de las palabras, el significado metafórico de los tiempos verbales, las declinaciones) y al final vienen las eruditas notas de Rufino José Cuervo.

En la página 163 Bello aborda el copretérito, tiempo que conjuga una acción que coexiste con otra acción pretérita de referencia, y da este ejemplo: “Copérnico descubrió que la tierra giraba en torno al Sol. Podría tolerarse gira: Copérnico descubrió que la Tierra gira en torno al Sol, pero entonces no veríamos por entre la mente de astrónomo el giro eterno del planeta”.

La idea de iluminar con rojo la letra inicial de los capítulos fue una exigencia de Bello y encerraba una cábala: fenicio, que significa rojo, fue el pueblo que inventó el primer alfabeto fonético. La costumbre se conservó durante muchos años. Recuerdo que en la escuela escribíamos con tinta azul, pero poníamos los títulos con tinta roja. Rendíamos, sin saberlo, homenaje al pueblo fenicio.

 

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