Por: Catalina Uribe Rincón

El infierno de los curas

El Vaticano discute hoy el mayor escándalo de la Iglesia católica: la pederastia. Aunque esta corporación ha condenado en los últimos años a un puñado de los religiosos acusados, sus esfuerzos han sido claramente insuficientes. La cultura del encubrimiento parece ser más fuerte que la luz de la humanidad, la decencia y la justicia. En muchos países, incluido Colombia, la violencia sexual por parte de los religiosos subsiste entre la más horrorosa cultura del silencio.

Pero el “tapen tapen” hace vulnerables no sólo a los jóvenes que encuentran un lugar seguro en esta institución hasta que alguien decide abusar de ellos. El infierno es también interno. Esta semana The New York Times sacó un reportaje sobre los curas homosexuales, y otro sobre los hijos no reconocidos de los sacerdotes. Las historias son escalofriantes. Un cura narró cómo a los 17 años les preguntaron en el seminario qué preferían: quemarse el 90 % de su cuerpo, quedar parapléjicos o ser gais. Todos escogieron incinerarse o quedar paralizados. El adolescente seminarista creció obligado a predicar contra sí mismo.

No hay relación entre homosexualidad y pederastia. Es más, no hay relación entre homosexualidad y sexo. Muchos curas que se identifican como homosexuales cumplen con sus votos de castidad como los heterosexuales. Sin embargo, el halo de la sospecha cae sobre ellos. Y así, para evitar la ocasión, la Iglesia insta a los curas a andar siempre de a tres y nunca de a dos. Siempre en grupo, nunca en parejas. Pero ¿qué tipo de relación humana significativa puede haber sin un amigo, sin un confidente? ¿Qué tan cruel puede ser esa soledad? ¿Qué tan angustiante puede ser la paranoia de la continua sospecha?

Tener amigas tampoco es una posibilidad. ¿Qué tal que se enamoren de alguna? Un cura estadounidense cree que cerca de un tercio de los religiosos son heterosexuales, y que muchos tienen hijos. Estos hijos, cuando no son abortados, sufren el estigma de ser los más bastardos de todos, los más pecaminosos, los más escondidos. Viven en otro clóset, el clóset del pecado del padre. Pero la indignación no debería ser sólo contra la pederastia, la misoginia y la homofobia, sino contra la institución misma, que encierra a sus miembros en una cueva de mentiras, negaciones y prejuicios.

840809

2019-02-21T00:00:53-05:00

column

2019-02-21T00:15:02-05:00

[email protected]

none

El infierno de los curas

24

2395

2419

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Catalina Uribe Rincón

El persistente odio de los antiderechos

El meme del niño Duque

Controlando la identidad de Shakira

Lanzando comida