Sombrero de mago

El infierno River-Boca

Noticias destacadas de Opinión

En la Argentina, el fútbol se ha vivido (y padecido) como una religión. O como una suerte de alienación opiácea. Hay una presencia ubicua del deporte al que un académico y escritor francés denominó “la inteligencia en movimiento”. Ha sido una ebullición. Una fiebre a cuarenta grados. Una adoración que puede rayar, en múltiples casos, con la estupidez o, en otros, más extremos, con el borrar para siempre al que viste otra camiseta.

Lo de la estupidez no es tanto porque el gran Borges haya calificado al fútbol como una expresión de tal talante: “el fútbol es popular porque la estupidez es popular”, sino porque, en rigor, así parece que se ha revestido, con esa condición descerebrada, a ciertos encuentros de fútbol, tanto dentro como fuera de los estadios. Quizá aquel campeonato mundial, logrado por la Argentina de la dictadura, por la injerencia de Videla y compañía, en 1978, haya marcado el sino trágico del fútbol en ese país.

Mientras el dictador celebraba la conquista del campeonato del mundo, muy cerca de aquella conmoción de masas, del estadio de Núñez, casa del River, se torturaba y desaparecía a presos políticos. Los gritos de gol de aquellas jornadas ganaban en volumen a las protestas valientes de las Madres de Mayo. Esa copa sangrienta obtenida por la selección argentina hace parte no solo de la historia de la infamia, sino, además, de la relación fútbol-política. Casi siempre un matrimonio funesto. Y manipulador.

Los vergonzosos acontecimientos que han rodeado el frustrado partido River-Boca, al que una cadena de televisión denominó, sin sentido de las proporciones y más como una suerte de folclorismo consumista, “la final del mundo”, dan cuenta de una situación de altas tensiones sociales. Y, claro, de la enajenación que produce el fútbol cuando deja de ser una diversión para tornarse un lucrativo negocio, un asunto de “vida o muerte”, una desviación del homo ludens. Un mecanismo para la domesticación y el control de masas.

Aunque lo del control es relativo. Como bien se apreció el sábado último en Buenos Aires. A la policía porteña se le ocurrió, en un despropósito, burrada o descache, que el bus del Boca Juniors, rumbo al estadio de River, pasara por calles atiborradas de hinchas del “equipo de la banda roja”. Más de cien años de rivalidades (que si fueran civilizadas no habría problema) entre estos oncenos, no es un asunto menor. A eso hay que sumar el lumpen, que desde hace años se tomó las barras, que más que seguidores y admiradores de una escuadra, es una manga de delincuentes.

Maradona, una suerte de deidad porteña, otrora genio del fútbol, ante los bochornosos acontecimientos de la “previa” River-Boca, politizó la situación y culpó de la misma a Mauricio Macri, “el peor presidente de todos los tiempos” (palabras del exfutbolista). Y, de paso, hizo una breve radiografía de la desdichada vida que hoy llevan los argentinos por el régimen neoliberal y de ultraderecha que domina allí.

“Lo de mi país es lamentable. No tenemos respeto por nada. El presidente engañó a mucha gente de que iba a cambiar esto y estamos peor que tiempo atrás (…). Es un terror salir a la cancha, hay robos por todas partes, pero este es el cambio que votó la gente”, declaró Maradona. “A Macri qué le va a importar si fue hijo de millonarios toda la vida. ¡Qué le va a importar que coma o no un chico de cinco años en Lomas Zamora! No sabe lo que es el barro”, apuntó el viejo 10, como si estuviera cobrando un tiro libre.

El barullo de los atentados contra el autobús de Boca es apenas una muestra de lo que acontece en la tierra del tango y de grandes escritores. El deterioro de la calidad de vida es de espanto. Cada día se unen diversos gremios a las luchas sociales. Hay protestas masivas por el desempleo, por las medidas económicas asumidas por un gobierno que empeñó el país al Fondo Monetario Internacional, por los recortes impuestos por esta entidad, por la desindustrialización…

La tan cacareada “final del mundo”, que a lo mejor ya no se juegue, resultó un desaguisado de enormes proporciones. Una vergonzosa irrupción de barbarie. Y todo sucedió en los preliminares de la primera Cumbre del G20 en América Latina, que se celebrará esta semana en Buenos Aires. Marcelo Gallardo, director técnico del River, les dijo a los de Fox Sports que aterrizaran. Que no se trataba de ninguna “final del mundo”, solo del partido final de la ya muy desprestigiada Copa Libertadores.

Quizá Borges estaba en lo correcto al preguntarse cómo un deporte “innoble, desagradable, agresivo y meramente comercial” había llegado a ser una disciplina con tantos adeptos en el mundo. Y por lo visto, la irracionalidad propia del fanático puede provocar enormes catástrofes.

Comparte en redes: