Por: Juan David Ochoa

El inquisidor

En la foto, (rescatada por Daniel coronel del olvido y del polvo), fechada el 13 de mayo de 1978 en el parque san pio X de Bucaramanga, aparece él, Alejandro Ordóñez Maldonado, el actual procurador omnipotente y aspirante al trono de Nariño, lanzando revistas y libros a una hoguera en la que ardía la herejía de la tinta maldita.

El resplandor del fuego, intacto en el tiempo por la gracia de una cámara que en el momento celebraba y registra el acto público de la moral pirómana, para la sanidad de la emergente juventud, “en nombre de dios y de la virgen”, iluminaba su traje de corbata para la ocasión y su fisonomía recia, fría y concentrada en la misma labor en la que siglos atrás, entre el rencor del santo oficio, se concentraba también el gran inquisidor Tomás de Torquemada, iluminado por el fuego de la fe mientras firmaba la condena y el envío de docenas de cuerpos a las llamas. Así gemían al fin, entre el temblor del sufrimiento, entre los místicos dolores de la muerte, los heresiarcas que atentaban contra el culto dictador; castigo irrevocable y único por atreverse a desafiar los cánones del odio.

En esos juicios fomentados sobre pruebas débiles y paranoia, impulsados por el papa Urbano II, el ungido del señor que inauguró el mayor de los chantajes; la indulgencia, ( para premiar a quien vendiera o matara a un grupo de impíos o a uno de ellos, entregándoles las llaves del cielo), caían los grandes sospechosos, los que intentaban pensar fuera del dogma, los que pintaban lugares alejados del Edén o cuerpos desnudos en un lienzo, los que miraran el espacio estelar e imaginaran el heliocentrismo y la existencia extraterrena de otras razas (razón por la que ardió también Giordano Bruno), los que expandían la imaginación sobre las cúpulas cerradas del incienso, los libre pensadores, los hombres que intentaran derrumbar el poderío criminal de las verdades absolutas aceptando la azarosa realidad del universo y la minúscula significancia del hombre en una evolución de caos y violencia. Los que lo hicieron e iniciaron la labor intelectual para avanzar hasta lograr la abolición de la tortura en la declaración de los derechos en constituciones civilizadoras, son los mismos que intentaba cohibir Ordóñez en la hoguera de su fe, extinguiendo las ideas alternas a su fanatismo. Los mismos que persigue ahora en su estulticia, destruyéndoles la posibilidad del matrimonio y la adopción a las comunidades con orientaciones sexuales alejadas de la suya, persiguiendo la libre elección de una mujer en su embarazo, segregando la eutanasia en los prejuicios del crimen, imponiendo su moral sobre los cargos públicos en un estado que simula figurar bajo una idea laica en la constituyente renovada del 91.

También a esto se le llama inquisición, y nadie puede contraargumentar bajo esta historia, la agonía de un país que sigue ardiendo en el oscurantismo.

 

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