Por: Julio César Londoño

El insólito acoso de Caballero

Despertó polémica la última columna de Antonio Caballero. “Acoso” empieza bien:

“Pero por Dios, todos estos hombres poderosos, presidentes como Donald Trump, grandes productores de cine, famosos periodistas de televisión, congresistas, ministros, ¿es que no saben pedirlo? ¿De verdad tienen que bajarse los calzoncillos para mostrar media erección y solicitar, en latín, una fellatio, o tratar de forzar un cunnilingus?”. Pero en el segundo párrafo hay un giro sorpresivo: “¿Y no saben tampoco cómo no darlo estas mujeres a quienes se lo piden de tan tosca manera?”. Es decir, la víctima resulta sorpresivamente implicada. Ellas no saben negarlo (con claridad, supongo), quizá por eso se lo piden de tosca manera.

El tercero es la tapa: “Hay que estar muy enfermo o hay que ser muy idiota para exaltarse así con esas cosas, como está sucediendo en estos días en los Estados Unidos (y de rebote aquí) como por contagio epidémico entre las mujeres repentinamente quejosas y los medios de comunicación populacheros, que por lo visto son todos”. Plop.

Es decir que si te molestan los exhibicionistas flácidos, las succiones con lengua muerta y los cunnilingus a la brava, eres una quejosa repentina, o un comunicador populachero.

Luego Caballero explica el trasfondo de su pensamiento: son diferentes el empalamiento, violación, acoso, abuso y grosería. Las primeras acciones son horribles. La última es solo una guachada, nos dice. Muy bien, ¡lo malo son los ejemplos que pone! “Dieciséis mujeres, y ya deben ser más, están acusando a Donald Trump de abusos sexuales porque alguna vez les tocó el culo o les pellizcó una teta: grosería, sí, pero no hay que confundir la vulgaridad con el abuso sexual, que es una cosa grave”. Me quedó claro, Antonio: tocarle el culo a la vecina no es abuso sexual, es grosería, como decir palabrotas o poner los codos sobre la mesa… o sobre las tetas.

¡Y las mujeres que pone, unas señoras encantadas de que “les agarre el coño” un señor rico! Rico, ¿no?

¡Y las comparaciones que hace!: el genocidio es más grave que la falta de decoro sexual. ¡Caramba, qué haríamos sin este notable pensador! ¿Cómo concibió esta obviedad en medio de tanta audacia? (Hay una comparación de las “groserías” humanas con las costumbres sexuales de los pajaritos que me enterneció hasta las lágrimas).

Pero los ejemplos raros, las comparaciones desproporcionadas y su obsesión con las buenas maneras siguen: “No hay que exagerar. Proponer un masaje puede ser de mal gusto, pero no es una agresión sexual. Coger una rodilla por debajo de la mesa puede ser de mala educación, pero no es un acoso. Tratar de dar un beso en la boca sin haber sido invitado puede ser una impertinencia, pero no es un empalamiento”.

En el último párrafo, por fin, Caballero expone la razón de sus sinrazones: “Es malo confundir esas cosas con el verdadero abuso sexual, porque esa asimilación banaliza y disculpa este”. Sí, don Antonio, pero lo malo de su columna es que sus ejemplos y sus modelos y su confusión sobre grosería y abuso terminaron banalizándolo todo.

Cuatro consejos finales a los columnistas: 1. No utilicen nunca dos infinitivos juntos. Ejemplo: “Tratar de forzar un cunnilingus”. 2. No utilicen expresiones envaradas: “… porque esa asimilación banaliza y disculpa este”. 3. No se desvivan por ser originales. Defender lo políticamente incorrecto no garantiza el Pulitzer. 4. Cuando necesiten ejemplos, eviten que el “grosero” sea Trump y la dama una zorra encantada de que le agarre el coño un gorila rico.

Conclusión. A las mujeres no les molesta la audacia masculina per se. Les molesta que un patán, súbitamente y sin un guiño previo, se sienta con derecho a ser audaz.

 

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