Por: Julio César Londoño

El invento más lindo del mundo

HACE 21 AÑOS LOS BITES SE ORDENAron, toda la información del mundo quedó “a tiro de clic” y la silente exhalación de los motores de búsqueda reemplazó a la música de las esferas: había nacido la web.

Los primeros sabios de la red pensaron que el futuro estaba en el correo; y en los portales, las puertas de acceso al universo virtual (el portal tenía dos cuerpos: un menú de servicios relacionados con el tema principal, y los contenidos). Los inversionistas pensaban que, aterrados ante la infinitud, todos buscaríamos un proveedor para encargarle canciones, películas, recetas, noticias, fotos de divas… Era una idea provinciana inspirada en el mall: los portales eran enormes cacharrerías virtuales, intermediarios que pretendían vendernos ventanas al cielo. Por eso los irascibles dioses de la era del silicio los fulminaron. En ningún otro negocio se perdió tanto dinero como en la burbuja de los portales.

La desinflada empezó en la Universidad de Stanford en 1997, cuando dos muchachos descubrieron que el portal era un telescopio apuntando al suelo, un prodigio en manos paisas, un golem apenas judío, e intuyeron, bellos y románticos, que lo importante era buscar, no vender; entonces, hartos de Lycos, Altavista y Yahoo, se pusieron a inventar el motor más rápido y agudo del mundo.

El profesor que evaluó el anteproyecto los escuchó con esa sonrisita suficiente que ponen los pragmáticos ante los soñadores. “De modo que si yo digito la palabra ‘vino’ su motor descargará toda la red en mi PC”. Sí señor, respondieron los muchachos. “Y no les da miedo —añadió con su risita cacorra— darle la vuelta el mundo en una bañera”. No señor. “Y cómo piensan ordenar —preguntó el hombre, que no era tonto— todas esas toneladas de basura cuando las descarguen”. En eso trabajamos, señor.

Y trabajaron. Primero decidieron que el motor pondría arriba, en la lista de resultados, las mejores páginas. Pero, ¿cuáles eran las mejores? Las que tuvieran muchas veces la palabra vino, concluyeron suponiendo que un artículo profundo sobre el tema la mencionaría muchas veces. Es decir, aplicaron la fuerza bruta del motor para calificar la profundidad de una página. Luego refinaron el método y decidieron poner arriba las páginas más consultadas. Luego afinaron aún más y pusieron arriba las páginas más citadas en otras páginas (no en balde ambos eran hijos de científicos, un gremio que computa el número de veces que un artículo es citado). Pero, ¿cómo saber el número de citas de una página? Sencillo: bastaba contar el número de links que apuntaban a ella; es decir: la mejor página era la que tuviera más back links. No conformes con esto, decidieron “ponderar las citas”: diez back links procedentes de páginas muy consultadas (Yahoo, Wikipedia, Nature…) podrían valer más que cien back links de páginas desconocidas.

¿Cómo lograron calcularlo todo, desenredar la maraña de cientos de miles de páginas entrelazadas por decenas de miles de links, ponderar cada caso y ordenar el resultado? Es como si en una elección nacional quisiéramos valorar cada voto de acuerdo con la cultura del votante. Nadie sabe cómo lo hicieron. Sabemos, sí, que utilizaron un algoritmo de una complejidad monstruosa, uno de los secretos mejor guardados en Silicon Valley. También puede ser, claro, la criba de la fuerza bruta aplicada tantas veces que el resultado se parece mucho a la inteligencia pura.

Lo cierto es que Google funciona. No es manantial de sabiduría, pero sí una fuente clave de información. La Fuente. En el ensayo Los bárbaros, Alessandro Baricco lo resume así: “Lo que tenían en la cabeza ese par de jóvenes al principio era un objetivo tan desaforado como filantrópico: hacer accesible toda la sabiduría del mundo: accesible a cualquiera, de una manera fácil, rápida y gratuita. Lo bonito es que lo lograron”.

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