Por: Hernán Peláez Restrepo

El invicto

El invicto quizá sirva mucho a los aficionados para sacar pecho. Para un equipo es una de las tantas circunstancias que da el fútbol.

 El caso de Nacional es curioso, porque se mantenía invicto arrastrando empates en sus alforjas. De ahí a que lograra jugar con solvencia y claridad había mucho por discutir. Como pasa siempre en el fútbol, perder el invicto no es ningún pecado, más grave es perder la categoría y marcharse al descenso o caer en una definición de una copa importante.

Por supuesto que existen distintas formas para perder, una de ellas es jugando tan mal, como lo hizo Nacional en Ibagué, especialmente en la etapa inicial, donde sólo fue observador de cómo el Tolima con el acelerador a fondo le metía cuatro goles, ventaja que sostuvo hasta el final.

Existieron dos factores simples para esa enorme diferencia: la velocidad y la anticipación. En la primera, Chará se dio pleno gusto picando y superando a una defensa desarticulada, con la ayuda del pelado Andrade, cada vez más jugador pensante. En la segunda, los defensas del Tolima siempre llegaron al balón primero y en ese sentido los más perjudicados resultaron Ángel y Uribe. Nunca pudieron enfrentar de frente y con espacio a los zagueros. Éstos siempre aparecieron primero para impedir siquiera una acción. Bastaría anotar que en el primer tiempo sólo se vio un remate de Ángel de media vuelta.

En la complementaria Nacional intentó atenuar la debacle y para ello resultó importante el paso a un costado de Stefen Medina, quien comenzó a buscar con centros un cabezazo de Ángel o de Jéferson Duque, equilibró un poco el partido. También porque Andrade y Chará bajaron en revoluciones de juego.

En síntesis, con dos conceptos: velocidad y anticipo, el Tolima desarmó a Nacional en 45 minutos y lo liberó, porque eso siempre se dijo de la presión que puede ejercer la condición de invicto, aunque para mí es más cuento que realidad. Ganó Tolima porque estuvo atento y supo pasar con dinámica del medio campo hacia delante, donde Otálvaro y Noguera fueron eficaces ‘fogoneros’ empujando a su grupo ofensivo.

Millos, que venía de ganar el clásico ocho días atrás, no pudo superar el inconveniente del autogol de Román Torres, que fue apenas a los cuatro minutos. Después, Wason cayó tres veces en fuera de lugar y aunque dio la sensación de presionar y arriesgar, perdió los puntos ante un Santa Fe que con delanteros, individualistas por su condición innata, Cuero y Borja, se las arregló para preservar la ventaja mínima. Anchico, Torres y Bedoya se despreocuparon de intentar la salida y le regalaron espacio y balón a Millos, que se embolató buscando solución. El plan, por supuesto, se fue consolidando, más con la expulsión de Roa. En este caso no se cumplió otra premisa invocada en el fútbol, que la mejor forma de defender una ventaja exigua es atacar.

El juez Sánchez, quien no arbitra sino que muestra tarjetas, no tuvo retos mayores, pero los jugadores lo tienen calibrado, le conversan y protestan a toda hora y casi logran descontrolarlo. Menos mal no tuvo nada que ver en el resultado. Si quiere ser árbitro de categoría debe intentar dirigir y no sancionar todo lo que cree es falta.

 

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