Por: Sergio Otálora Montenegro

El irresistible trapo rojo

LA IZQUIERDA, EN SETENTA Y PICO años de vida, ha tenido dos debilidades monumentales: el canibalismo y el Partido Liberal. Claro, la persecución y el crimen selectivo, no son flaquezas: son sus enemigos declarados, históricos, transfigurados en terrorismo de estado o escuadrones de la muerte.

Empecemos por el trapo rojo, el llamado partido del pueblo. En plena guerra fría, en 1948, los comunistas decidieron apoyar al liberal oficialista, Gabriel Turbay, en contra de Jorge Eliécer Gaitán, quien era visto por la ortodoxia estalinista no como el hijo del barrio Egipto, sino como un retoño aventajado de Mussolini. Craso error.

Años después, a principios de los sesenta, bajo la férula del Frente Nacional, gran parte de la izquierda le dio gran oxígeno a Alfonso López Michelsen, quien con el MRL, quiso aconductar, por los cauces del liberalismo, los ímpetus revolucionarios de la época. En suma: López fue presidente, en 1974, y la izquierda se quedó viendo un chispero.

La segunda debilidad: el canibalismo. Desde siempre. En 1965, en Colombia hubo una división insalvable: maoístas y prosoviéticos decidieron odiarse a muerte, reflejo de la enemistad radical entre la URSS y la China. Había también los seguidores de Trotsky, y del modelo albanés y de no sé qué internacional de los tiempos del ruido, todos se devoraban en minúsculas y mezquinas rencillas. La Unión Patriótica logró romper esa patria boba de la izquierda. Tal vez por eso (entre otras razones) la aniquilaron.

Hoy, el reto es descomunal. Uribe está montado, sin hacerlo público, en una segunda reelección; existe el Polo Democrático Alternativo, y un Partido Liberal en la “oposición” que, en las últimas elecciones, fue superado por un movimiento de izquierda (hito histórico), que ha puesto dos veces alcalde de Bogotá, por ejemplo.

El Polo, versión 2008, tiene dirigentes de lujo, un ambiente internacional más que favorable, un espacio político pulpo pero está haciendo agua desde adentro. Lucho Garzón se reúne con César Gaviria (quien, dicho sea de paso, juega a varias bandas, al mejor estilo lopista), se pasa por la faja a sus compañeros, e incluso se presta para una posible consulta, donde el seguro ganador será cualquier candidato del Partido Liberal. Todo, dizque para oponerse a la reelección pero no a Uribe. Sumar y no restar, argumentan.

Y está el imperturbable Gustavo Petro, quien también quiere ocupar el “solio de Bolívar” (sin su espada, por supuesto) y para ello, suelta una perla: que debemos seguir con la seguridad democrática y darle más plomo a la guerrilla. Perfecto: que eso lo digan Plinio o Vargas Lleras, vaya y venga. Pero en Petro, es indignante: ¿Tanto delirio armado del M-19, tanta sangre derramada, para llegar a semejante llano?

Recuerdo muy bien que Garzón, antes de ser alcalde, dijo en una entrevista que la izquierda no podía volver a ser el vagón de carga del Partido Liberal. Es apenas obvio que haya alianzas, diálogos, pero sin desconocer una historia: más de dos millones de votos, casi un milagro en medio de semejante tarea de exterminio de los últimos veinte años. Ante semejante sacrificio, el oportunismo es más inmoral que nunca.

Hay una seria amenaza antidemocrática en camino y los estragos de la confrontación armada (que incluye al narcotráfico) son inocultables, como lo registran las cifras más recientes de Naciones Unidas. El terreno es fértil entonces para una seria propuesta reformista y de paz.

El proyecto uribista está cercado por la corrupción y el escándalo. Su famosa seguridad democrática es una marca publicitaria que vende lo mismo de siempre: la derrota militar del “terrorismo” al precio que sea. Ese camino ya lo conocemos y lo hemos recorrido durante más de medio siglo. ¿Queremos prolongarlo mediante el reencauche del Partido Liberal y sus ex presidentes? ¿Puede la izquierda, en aras de “hacer política”, colincharse a semejante estrategia? Hay aún tiempo para reflexionar y evitar el naufragio.

 

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