Por: Alfredo Molano Bravo

El juego

ESTIMADO HERMANO: LE ESCRIBO todavía bajo el terrible horror de la desgracia que a nuestro hermano menor le sucedió el pasado 16 de abril del presente año.

Dios es grande y alabado sea: nuestra sangre aún circula por su cuerpecito. Si se supera del todo la gangrena del pie que no voló pero quedó desflecado, todo apunta a pensar que su vida se salvaría. Deuda que contraeríamos con el Todopoderoso y con los médicos que lograron sacarlo de las manos de la muerte.

Abril, como sabe, abril es mes de tormentas grandes. Los arroyos se crecen, inundan, recuperan, reclaman; se botan sobre las sabanas, se salen de madre. Dominan. Espantan. Los asnos y las cabras se derrotan buscando amparo, los pájaros buscan ramas firmes para posarse. Nuestro hermano pastoreaba el rebaño, una tarea cada vez más difícil e ingrata para su edad. Se compensa esa ingratitud con el sueño que da el calor reflejado sobre la arena. ¿Cuántas veces a usted y a mí, cuando hacíamos lo mismo, no nos sorprendían dormidos?

De pronto, un gran estallido lo volvió a la realidad de sus ovejas. No era una bomba, no era una granada, no era una de esas minas malditas que han sembrado y siguen sembrando para cosechar dolor y muerte. Era un rayo seco que dejó tres animales muertos y al resto desparramado entre matorrales y colinas. El cielo se cargaba de negro y de fuego. Nuestro hermano echó a correr sin destino. Cayó rendido. Al recobrar los sentidos se asustó más todavía porque no daba dónde andaba y había perdido no tres ovejas, sino el rebaño entero. Se arrinconó a llorar debajo de un espinoso. Miró correr un conejo, cantar un pájaro, menear una rama. Vio a lo lejos una sombra caminante. Sintió miedo. Pensó que era usted o yo, buscándolo. No tenía disculpa que dar. Nadie le creería que un trueno lo había apartado del rebaño. Pero podía ser también un hombre bueno —si los hay— que lo consolara, le dijera dónde estaba y le ayudara a encontrar lo perdido. El grito de auxilio salió sin proponérselo. El hombre volteó, lo miró y se acercó. ¿Qué pasa? Preguntó. Quedé solo, no puedo volver a mi casa sin las ovejas. Las buscaremos.

Al medio día, cuando los árboles esconden su propia sombra, encontraron aquerenciado al rebaño. Faltaban los tres chivos. Nuestro hermano se echó a llorar. El buen hombre lo consoló, se arrodilló frente a él y le dijo: “Yo sé cómo puedes compensar el daño, yo sé cómo puedes regresar con dinero para que tu familia no te castigue”. Milagro, pensó nuestro hermano. ¿Qué debo hacer, pues? Fácil: buscar unas cosas como tarros, como cajas de fierro, como tubos gruesos que dejan botados por ahí. Con uno grande que recojas se pagarán tus muertos. Mientras más pesado sea y más grande, más precio tiene; así que anda a buscar lo que encuentres. Yo cuido tu rebaño, no lo dejaré rochelear. Mira aquella loma, allá, detrás, ahí encontrarás unos huecos como para esconderse, allá, hay una sementera de esos bichos. Nuestro hermano corrió. No miró para atrás. Iba como si supiera a qué iba. Y encontró lo que buscaba: un tubo a medio esconder. Pesaba. No fue fácil levantarlo, pero, fuerte que es nuestra sangre, se lo echó por fin al hombro. Habría caminado cien metros cuando, suponen los médicos, se le cayó el artefacto, como lo llamó la Policía. Estalló.

El trueno esta vez era fuego puro, metralla, dolor derretido. El buen hombre lo oyó, reunió el rebaño y echó a caminar. Nuestro hermano se desangraba sin recobrar los sentidos. Dios es grande y otro buen hombre que traficaba lo recogió y lo llevó alzado, con las piernas colgándole de los huesos, al hospital. El médico-jefe que lo recibió me comentó después cuando pude localizar a nuestro hermano: “Es que el Ejército paga por cada bomba que se les pierde –o que dejan tirada– una recompensa. Son los objetos que llaman MUSE, municiones sin explotar. Están regadas. Se dejan botadas con o sin intención. Igual matan. Pagan por traerlas y a quien mata o destroza una de esas bombas es recompensado por el Gobierno como víctima del terrorismo y registrado como tal. Nuestro hermano ha dicho a la prensa que la mina fue puesta por las tropas del Partido de los Trabajadores de Kurdistán, el temible Partiya Karkerên Kurdistan (PKK).

Nota del columnista: Sucedió al norte de Irak.

 

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