Por: Klaus Ziegler

El juicio de Friné

Nadie mejor que Antonio Caballero personifica al intelectual literario, como denomina Alejandro Gaviria en su última columna al humanista culto y refinado, amante de la literatura y las artes, aunque poco trajinado en las ciencias naturales y en los rigores de la lógica y el pensamiento abstracto. Y a la hora de razonar con claridad, estas carencias se hacen evidentes.

En su artículo “El juicio de Friné”, Caballero critica con dureza la defensa que el procurador Ordóñez hizo del espectáculo de los toros. Su razonamiento se sintetiza en una línea: los toros, como la poesía, no necesitan la ayuda de argumentos leguleyos; se defienden solos. Igual que Friné, a quien los jueces deciden absolver deslumbrados por su hermosura, las corridas de toros se justifican por su belleza, y punto.

Caballero y Ordóñez recurren al mismo argumento para defender las corridas: el fin justifica los medios. Para el Procurador lo importante es el patrimonio cultural, mientras que para el columnista, es el arte del toreo lo que justifica el espectáculo. Pero es obvio que nadie está cuestionando que las corridas sean una parte importante de nuestra identidad cultural, ni su valor artístico. Lo que está en discusión es si el ejercicio del arte taurino justifica la tortura del toro.

La discusión es ética, y el columnista lo sabe. Su forma de razonar evidencia la típica miopía del que antepone sus gustos personales por encima de la lógica, o quizá sea un intento malicioso de su parte para eludir el punto central de la discusión. Si en vez de animales preservados en formol, Damien Hirts decidiera que el arte en torno al tema de la muerte requiere la vivisección de perros, y optara por exhibir cachorros vivos con las vísceras expuestas, ¿usaría Caballero los mismos argumentos para defender esta práctica?

Uno podría cuestionar si el sufrimiento animal es similar al que experimentamos los humanos, o si depende de la complejidad de la especie. O argumentar que tal vez se esté haciendo una extrapolación indebida de los sentimientos humanos y que los toros en realidad no sufren tanto. Todo esto es susceptible de ser discutido, pero lo que resulta imperdonable es que Caballero ignore esta discusión y en su lugar recurra a una “leguleyada literaria” para sustentar su posición.

En cuanto a la forma de razonar, Caballero no difiere de aquel fanático taurino que, en respuesta a una de mis columnas, escribía: “Si no le gustan las corridas no vaya (no es obligatorio, dice Caballero). Las corridas son lo máximo, y ¡Ole!”.

 

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