Por: Francisco Gutiérrez Sanín

El juicio de la historia y otras expectativas

Dorothy Parker —fantástica narradora y repentista, y una de las figuras más entrañables de la literatura del siglo XX— alguna vez dijo que ella no era una escritora con un problema de alcohol, sino una alcohólica con un problema de escritura. Guardadas todas las proporciones, de Ernesto Macías se puede afirmar algo análogo: no es un político con un problema de mitomanía, sino un mitómano con un problema de política. De hecho, con varios.

Pero hoy quiero centrarme más en el primer aspecto, la mitomanía. Pues una de las fantasías más desatinadas que ha impulsado todos estos años el uribismo —y Macías en primera línea— es que Santos iba a instaurar, qué digo, había instaurado ya, una dictadura castrochavista. Por favor no suelten una carcajada: esto es literal, y circulaba sólo ayer. De hecho, si no me equivoco fue también Macías quien afirmó en Twitter que Santos planeaba, junto con Timochenko, suspender las elecciones. Cito de memoria, y si algún lector me desmiente pues tendré que retractarme, pero estoy casi seguro de que el autor de esta perla es él. Y no es la única, por supuesto, que ha producido su ingenio patrañero casi inagotable, inspirado un poco por el odio y otro poco por la pequeñez.

Mientras tanto, el presidente saliente daba repetidas muestras de grandeza —no encuentro otra palabra—, no siendo la capacidad de burlarse de sí mismo una de las menores. Mientras sus enemigos no podían dejar de detestarlo compulsivamente, Santos caminaba hacia el final de su mandato como sobre una nube, predicando a favor de la tolerancia, la paz y el entendimiento. Pero este virtuoso epílogo no debe impedirnos echar una mirada fría y crítica —que es la única que vale a la hora de evaluar— sobre la calidad de sus dos gobiernos. ¿Qué tan buenos fueron?

El propio Santos ha afirmado que la historia a la larga se encargará de reivindicarlo. Miren ustedes: después de años de buscar con lupa alguna evidencia de ideas “castrochavistas” en el discurso de Santos, al fin la encontré. Pues esa intuición de que la historia es una suerte de tribunal benévolo que al final absuelve las causas justas fue probablemente fijada en la imaginación latinoamericana por el gran líder cubano (“la historia me absolverá”). En realidad, no hay tal. Los debates alrededor del significado histórico de los eventos continúan por décadas y siglos, a veces tan roñosos y brutales como el primer día. No hay tal tribunal. No hay tal absolución. La moraleja para los políticos prácticos es que las peleas fundamentales del momento se deben dar cuando toca, pues de lo contrario se pierde para siempre la oportunidad de solucionar un problema o de generar el proverbial salto cualitativo (uno de los varios reproches que tengo al presidente saliente es precisamente su pasividad, a veces inexplicable, cuando tocaba darles cara a los problemas).

Hay mucho por decir de los dos gobiernos de Santos. Pero creo que lo primero que habría que hacer sería establecer un criterio claro de valoración. Por ejemplo, en comparación con casi todos los presidentes reales —“lo que da la tierra”, como dijo alguna vez Laureano— que hemos tenido aquí pienso que su desempeño fue notable. Y sus éxitos claramente van mucho más allá del logro de la paz —pero este ya hubiera sido suficiente para ponerlo bastante por encima del promedio—. Se podría contraargumentar que aquel criterio es muy poco exigente. Pero es lo que tenemos. De hecho, me temo que muy pronto algunos de sus mejores aspectos comenzarán a hacerle mucha falta al país. Y si Santos se raja en varias materias claves (para comenzar, implementación del Acuerdo, educación, ciencia y tecnología) su estilo de gobierno calmado y digno queda como importante referente. Qué diferencia con la cacofonía —necesaria, prescribe el caudillo— que se viene.

 

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