Por: Daniel Emilio Rojas Castro

El laberinto del minotauro

La nueva oleada de delincuencia urbana y rural, las decenas de líderes sociales amenazados y asesinados, las noticias de ejecuciones extrajudiciales, las tentativas del Gobierno y del Centro Democrático para retrasar la implementación del acuerdo de paz, y la oposición del presidente y de parte del Congreso a la JEP anuncian que estamos regresando a la guerra.

Hay quienes explican este retroceso por esa ‘propensión nacional al fracaso’ que caracteriza a Colombia, que se manifestaría hoy en la renuncia a construir una sociedad en paz, o en la imposibilidad para ponernos de acuerdo y respetar las reglas del juego, que sería lo mismo. Pero esa teleología de la frustración ayuda poco a entender lo que sucede. La explicación al resurgimiento del conflicto está en la actuación de los líderes políticos que esperan escapar a la justicia y enviar a la sociedad colombiana al laberinto de la guerra.

El cerco diplomático del presidente Duque terminó cercando a Colombia y no a Venezuela. Primero, porque el gobierno cubano instrumentalizó a su favor la ruptura de los diálogos con el Eln y el consecuente —y absurdo, hay que decirlo— pedido de captura de la delegación de la guerrilla que residía en la isla. ¿Quién porta ahora con el desprestigio de irrespetar lo pactado ante los países del Caribe, de América del Sur y de Europa? Segundo, porque el presidente Duque y el canciller Holmes no calcularon que la crisis venezolana hace parte de una ecuación geoestratégica que enfrenta a Rusia y a China con los EE.UU., y que a ese nivel Washington cosecha triunfos, pero también derrotas. Las tentativas fallidas de tumbar a Maduro se van a devolver; en el plano internacional, debemos esperar los intentos de desestabilización a Colombia que vendrán desde Venezuela.

Pero pasemos al plano nacional. Sería imposible atribuirle la responsabilidad del manejo de las fuerzas políticas del país al presidente por la simple razón de que se trata del gobernante con menos autonomía política de nuestra historia reciente. Ese manejo le corresponde, más bien, al senador Álvaro Uribe y al fiscal general Néstor Humberto Martínez, quienes en lugar de emplear su talento y sus esfuerzos para defender el bien común se han dedicado a crear cortinas de humo para salvaguardar sus propios intereses: las trampas del senador Macías para no votar el hundimiento de las objeciones contra la JEP son la consecuencia de las órdenes del senador; el hecho de que la lucha contra la corrupción no haya ocupado el lugar que debería ocupar en la agenda legislativa y en el debate público es responsabilidad directa e indirecta de Martínez, quien ha utilizado la Fiscalía para archivar o aplazar investigaciones que (¡oh, sorpresa!) lo involucran a él, al senador Uribe y a muchos de sus allegados.

Y mientras los unos juegan a diseñar una intervención en un mundo que apenas conocen, y los otros a crear cortinas de humo para escapar a la justicia, vuelve a surgir una guerra entre las cenizas del conflicto que creíamos haber superado. Esta nueva guerra no tendrá la misma forma que la Violencia o el conflicto interno, no serán las mismas guerrillas ni los mismos paramilitares, pero estoy seguro de que los jóvenes que serán arrojados al laberinto del minotauro no serán ni los hijos ni los nietos de Uribe o de Martínez.

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