El lado oscuro del sueño americano

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El reciente asalto de los fanáticos seguidores de Donald Trump al Capitolio de Washington puso al descubierto el engañoso espejismo del sueño americano. La realidad que oculta ese espejismo está muy lejos de la ilusión creada por Emma Lazarus en el poema grabado en el pedestal de la Estatua de la Libertad, que desde hace más de un siglo da la bienvenida a los inmigrantes a la entrada de Nueva York.

“¡Guardáos, tierras antiguas, vuestra pompa legendaria! Dadme a vuestros rendidos, a vuestros desdichados, a vuestras hacinadas muchedumbres que anhelan respirar en libertad”, dicen las palabras centrales del poema. Millones de europeos, efectivamente pobres y desdichados, las leyeron al llegar en barco a tierras americanas, huyendo de guerras y hambrunas, en el siglo XIX y buena parte del siglo XX. Otros llegados por aire, mar y tierra de Asia, África y América Latina fueron alguna vez a Nueva York y recogieron el mensaje de la Estatua, que para algunos se materializó en algo parecido a descubrir el paraíso.

Pero detrás del espejismo siempre hubo una verdad oculta. La vida de millones de inmigrantes en Estados Unidos ha sido, más que un sueño, una larga pesadilla. La que sufrió el millón de esclavos africanos llevados a la fuerza a su territorio y que aún sufren sus descendientes. La que viven los excluidos y quienes piensan que aquella nación es o fue alguna vez como la muestran las películas. Lo que contemplamos en la televisión el 6 de enero fue la cara oscura del país que se erigió ante el resto de la humanidad como un modelo de democracia, pero que tras su espléndida fachada esconde rasgos menos benévolos.

Entre los que asaltaron al Congreso abundaron los supremacistas blancos herederos del ku klux klan y, como los miembros de aquella odiosa cofradía, terroristas armados dispuestos a matar. Gente que no tolera que una mujer afroasiática como Kamala Harris llegue al poder con Joe Biden, como no toleró el triunfo de Barack Obama hace doce años. Fanáticos que añoran la derrotada insurrección del sur contra Abraham Lincoln y por eso ondearon en el Capitolio la bandera confederada, símbolo del esclavismo que los rebeldes sureños no pudieron llevar allí.

Sus líderes y cómplices estaban en la Casa Blanca y en el recinto del Congreso. Son los senadores y representantes acólitos de Trump, como Ted Cruz, que ayudaron a promover la revuelta o guardaron un silencio encubridor que desnudó su cinismo y su doblez. Arquetipos de la hipocresía y el racismo que todavía envilece a buena parte de la población estadounidense.

Lo que sucedió el 6 de enero mostró que no todos los habitantes de la Unión Americana profesan el respeto a la ley que sus políticos proclaman. También contradijo la afirmación de que allí no cuentan el origen, la clase social o la raza. Entre las verdades incómodas que refutan el poema grabado en la Estatua de la Libertad, la más rotunda es que los extranjeros no son bienvenidos por gentes como Trump y sus prosélitos y la política migratoria es hostil al recién llegado. Esta es una enorme paradoja, pues desde los esclavos hasta los once o doce millones de indocumentados que hoy viven, trabajan y pagan impuestos allí como si fueran legales, los inmigrantes son los que han construido a Estados Unidos.

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