Por: Andrés Hoyos

El ladrillo

ME GUSTA LA CULTURA DEL LADRIllo a la vista impuesta en Bogotá por Fernando el Chuli Martínez y Rogelio Salmona, para mencionar apenas a sus dos mayores campeones.

El uso tradicional de este material ha dado a la ciudad un telón de fondo que va del naranja al rosado y que atenúa la sensación de caos tan común en muchas capitales tercermundistas, donde el grueso de la construcción ha dependido de aficionados.

Me dirán los críticos, los internacionalistas y los osados que ya está bien de tanto rosado, que hay cada edificio feo hecho en ladrillos, que ojalá se prohíba su empleo en las fachadas durante algunos años a ver si salimos del atraso arquitectónico.

Pido licencia de pasar de la arquitectura a la culinaria para refutarlos. No es buena idea pedir pollo cuando uno va a El Bulli, cuya cocina está a cargo de Ferran Adrià, una suerte de Jean Nouvel de la gastronomía. Concuerdo: si uno consigue la escasísima reservación y tiene con qué pagar la cuenta, en El Bulli hay que pedir un menú de degustación, aunque sólo sea porque nadie sabe si podrá regresar a explorar la carta más a fondo en otra venida. ¿Qué pide uno, sin embargo, cuando está en Ambalema, tiene hambre y apenas se le aparece un restaurante de pinta azarosa? Respuesta: pide pollo, como alguna vez pedí yo allí, para asombrarme luego al ver que habían conseguido la proeza de llevar a mi mesa no ya un plato feo, sino un pollo sencillamente incomible. A la visconversa, pedir foie gras “fresco” o incluso un bife en un restaurante de medio pelo entraña un riesgo mortal. En síntesis, si usted no sabe en qué lugar lo sorprendió el hambre, pida pollo y casi a la fija tendrá una comida razonable.

Pertenecer a la secta del ladrillo a la vista implica, por analogía, un seguro contra la incompetencia arquitectónica. A los escépticos en esta materia los invito a echarle un vistazo al Edificio Segovia, situado en la carrera 11 de Bogotá entre las calles 86 y 87, costado occidental. Este esperpento, rematado en lo alto por unos balcones verruga, sobresale no sólo porque le permitieron 14 pisos, una altura inusual en la zona, sino por su dramática feúra, imposible de no ver, pues está enchapado en un vidrio color verde alga que ofende los sentidos. No muy lejos de allí se anuncia un complejo de varias manzanas en el que habrá, supongo, poco ladrillo a la vista, cortesía del primer plan parcial que adjudica la demoradísima Alcaldía de Bogotá. El diseño en ese caso corre por cuenta de la oficina de Sir Norman Foster, una presunta garantía estética y funcional.

Los errores urbanos —y un edificio feo, más alto que los circundantes, constituye uno notorio— son difíciles de enmendar, pues suelen implicar demoliciones, algo complicado en un país pobre. Sin embargo, no hay manera de evitar una amplia demolición de los errores del pasado en ciudades como Bogotá, Medellín o Cali. Además, es preferible y más barato rescatar las zonas deterioradas o mal desarrolladas de las ciudades, en vez de seguir invadiendo el campo circundante.

Para mí, muchos edificios se salvan de este deseo anarquista por virtud de los ladrillos de su fachada. Sí, amigo constructor, en la duda enchape en ladrillo. De lo contrario, busque arquitectos premiados y revíseles los planos con lupa. Algunos de ellos esconden en lo más recóndito de sus almas unas espantosas fachadas de vidrio verde en las que bien puede irse al demonio su prestigio.

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