Por: Mauricio Rubio

El legado de los machos de izquierda

El coqueteo de Petro con el feminismo no se limita a preocuparse por el deficiente suministro rural de toallas sanitarias.

Recientemente, también se embarcó en la cruzada contra las violaciones y la indiferencia social ante dichos ataques. Su ímpetu es tal que no le importó dramatizar con tufillo xenófobo. “Extranjeros han venido a violar a nuestras mujeres, unos uniformados, otros no, y lo que hemos hecho es aplaudirlos”.

Como la obsesión por los abusos, muy Humana, su reacción ante acusaciones concretas a varones cercanos también ha sido feminista: desconfiar de la justicia. Tras la denuncia contra Hollman Morris por presunta violencia de pareja, económica y psicológica, Petro no le recomendó responsabilizarse, ni aclarar judicialmente los hechos, sino “pensar más en su familia en este momento, en sus hijos, que en la lucha política por el poder”. Algo equiparable a lo que décadas atrás un cura encubridor le hubiese sugerido a una pecadora: refugiarse en su hogar para evitar los peligros de la calle, y el castigo.

Una explicación para la inusitada empatía petrista con las mujeres es el cálculo proselitista. Deslegitimada la opción armada, con déficit de ideas y superávit de consignas delirantes, como “la paz es metro subterráneo” del mismo Morris, con plena conciencia del descalabro socialista europeo, apostarle al feminismo instalado en el curubito político es cuestión de supervivencia. Si la lucha no es con militantes mujeres, jodidos, compañeros. Josep Ramoneda, analista de izquierda, es cándido al respecto: “Hoy la revolución feminista se configura como la única alternativa para subvertir las formas de poder dominante, atemperar la furia y colocar la salvación y la dignidad de la especie como objetivo prioritario”. En buen romance, no se trata de invitar féminas a trabajar codo a codo: los machos modelo 68 les piden hacer lo que ellos no pudieron. A diferencia del envejecido, trascendental y hasta violento activismo masculino, el feminismo de última ola, juvenil, farandulero, algo light o pop, ofrece según Ramoneda “visibilidad, reconocimiento, capacidad de movilización, impacto político e incidencia ideológica”.

El éxito de esta jugada de la vanguardia senil para cautivar militantes feministas de reemplazo no está garantizado, porque todos los partidos políticos, incluso las empresas, andan en las mismas, “decididos a volcarse en mensajes y medidas que favorezcan a las mujeres”. Además, las líderes experimentadas no se dejarán fagocitar por nadie. Desde 1981 la argentina Judith Astelarra argumentaba que el feminismo “no es un partido político, ni una organización sindical, ni profesional, ni ninguna estructura estable”. Apreciaba la gran variedad de grupos unidos por el rechazo al patriarcado. Con pragmatismo inusual en toldas militantes, Astelarra reconoce hoy la necesidad de abrirse a la totalidad del espectro ideológico: “Necesitamos mujeres en todos los lados. La derecha también ha cambiado, ahí también las necesitamos”. La razón es simple: no se pueden dar el lujo de que al llegar la derecha al poder, algo que está sucediendo, se “eche abajo lo conseguido”. Qué contraste con nuestras feministas influyentes, que rechazan indignadas a unas ministras por ser de derecha, deciden quiénes merecen carné y, reacias a transar o negociar, exigen adhesión incondicional al libreto. Parecen ser las únicas dispuestas a relevar a los machos izquierdistas que en Colombia, por desgracia, persisten en su actividad de agoreros y anunciantes del colapso.

Algunos de ellos, cuyo oficio es despotricar, faltos de agallas para la política, redentores del mundo desde un escritorio, son tan retrógrados que ni siquiera les importan las feministas. Pase lo que pase, machacan la perorata contra Uribe y quien se le acerque. Jamás reconocerán que no han cesado de echarle leña al fuego, contribuyendo a un legado bien reaccionario: burocracia y corrupción, adobadas con resentimiento, quejadera y pesimismo enfermizos y, de ñapa, arraigado patriarcalismo. El refrán “en la calle el Che, en la casa Pinochet” es diciente. Pretenden tapar su irresponsabilidad e incongruencia con la disculpa de que la derecha es peor. Un tuitero conocedor del entorno insiste que “la izquierda en Colombia tiene un grave problema de misoginia”. Una joven y dinámica líder de la oposición ya los perturba. Supe de compañeras afectadas que iniciaron una investigación sobre machismo mamerto en la universidad y en la Nacional recompensaron con ascenso a un profesor denunciado por acoso sexual. Sumando el clasismo, el desprecio izquierdista por la Rosa Blanca no sorprende.

Los progres otoñales son como un viejo verde, tomatrago, pendenciero, que siempre mangoneó y despilfarró para finalmente, ya quebrado, más podrido que Maduro, dejarle manejar la plata a su mujer, pero dándole instrucciones bien precisas: mansplaining hasta el final. “Mira, Bartola, / ahí te dejo esos dos pesos / pagas la renta / el teléfono y la luz / de lo que sobre / coges de ahí para tu gasto / guárdame un poco / pa’ comprarme mi alipús”.

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