Por: María Elvira Samper

El legado del “uribato”

A PARTIR DE HOY, EL BALÓN ESTÁ EN la cancha de Juan Manuel Santos y como nuevo director técnico del equipo Colombia enfrenta un partido que será mucho más complejo y difícil de lo que quiere hacernos creer el director saliente.

Si bien el “uribato” deja un clima favorable a la inversión y la economía en recuperación, también deja un legado negativo en desempleo y pobreza, la institucionalidad lesionada y mucha corrupción. Por cuenta de la ofensiva que puso a raya a las Farc, al presidente Uribe muchos le aceptaron sin chistar que cambiara la Constitución en beneficio propio, justificaron la politiquería y el clientelismo que hicieron carrera sobre todo en su segundo gobierno, y no le pasaron cuenta de cobro por los excesos de poder y los múltiples escándalos.

Pocas dudas hay sobre los éxitos de la política de seguridad democrática en regiones donde dominaban guerrillas o paramilitares, o se disputaban el control, pero su eficacia ha llegado al tope y en las ciudades han crecido en forma alarmante los índices de inseguridad en los últimos dos años, en algunas de ellas por las actividades de bandas que surgieron y se multiplicaron tras la desmovilización de las Auc. Un gran reto para el gobierno que empieza.

Pero el más ambicioso es cerrar la brecha social, dar el salto a la “prosperidad democrática”. Porque la política económica del “uribato”, peculiar coctel de exenciones y gabelas tributarias para los ricos y subsidios para los pobres, trajo prosperidad para los primeros que, según el economista Mauricio Cabrera (Portafolio, julio 8) se echaron al bolsillo 14.000 millones de dólares anuales en utilidades entre 2002 y 2009, pero no para los segundos. La riqueza no se irrigó y el empleo estable no creció. Por el contrario, aumentaron el empleo temporal sin seguridad social, el desempleo y la informalidad. El gran lunar negro.

En el campo, donde se registra la mayor concentración de la propiedad en América Latina después de Paraguay, el “uribato” centró sus prioridades en la agroindustria y en favorecer a grandes productores, en detrimento de los campesinos y pequeños propietarios. En restitución de tierras, no sólo no cumplió lo prometido, sino que la mayor parte de los terrenos entregados fueron baldíos de mala calidad, e hizo muy poco para recuperar propiedades de los ‘paras’. Si hacer un revolcón en el agro es prioridad para Santos, le espera un duro partido que pondrá a prueba su capacidad de maniobra en el Congreso, más afecto a los terratenientes que a los desposeídos.

En cuanto a los subsidios, el “uribato” saca pecho por los casi tres millones de familias vinculadas a Familias en Acción y por los 24 millones de afiliados al Sisbén. No me parece motivo de orgullo, pues indica que la pobreza se volvió endémica y el desempleo problema estructural. Además, que haya ocho millones de colados en el Sisbén —aparecen como pobres sin serlo— es una señal de que los subsidios se convirtieron en estímulo perverso, porque hicieron de la pobreza una “virtud”. De ahí el colapso de la salud, otro “chicharrón” que le queda al nuevo gobierno, que ofrece meterles vapor a cinco locomotoras para crear empleo.

El “uribato” deja una gigantesca deuda social: Colombia es uno de los países con más altos niveles de inequidad en la región. Según los Objetivos del Milenio, la meta para 2015 es reducir la pobreza a 28 por ciento (hoy 45,5 por ciento) y la indigencia a 8 por ciento (hoy 16,4 por ciento). ¿Logrará el presidente Santos con su propuesta del “buen gobierno” meterles gol a la pobreza y al desempleo? Para apuntar en esa dirección, por lo menos debería empezar por hacer un tiro de centro.

 

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