Por: María Antonieta Solórzano

El libre albedrío exige audacia

El libre albedrío es el bien más preciado de la condición humana, el cual alimenta y fortalece el desarrollo espiritual.

Pero sólo se manifiesta cuando nuestras decisiones ocurren al amparo de la confianza y el amor y, por el contrario, se debilita y agoniza si nuestras acciones suceden a la sombra del miedo y la desconfianza.

Cada vez que nuestra decisión surge del temor podemos estar seguros de que llegaremos al lugar que pretendíamos evitar.

Una mujer en edad madura se cuestionaba y sufría, pues a pesar de tener una buena vida no lograba sentirse realizada en su matrimonio. Decía: “En verdad no me puedo quejar, todo esta bien, pero él no me hace feliz”.

¡Curiosa reflexión! Ella consideraba que su felicidad y realización personal no dependían de ella misma, que no eran su propia responsabilidad. Más bien suponía con algo de ligereza que ese era el deber de él.

Agregó: “Cuando lo conocí yo tenía mucho miedo de estar sola y de equivocarme al escoger marido, estaba de novia de un hombre que me fascinaba, pero su familia me parecía de otro nivel y no estaba segura de que él pudiera darme lo que yo necesitaba. Así que más bien mi miedo a ser pobre se encargó de la preferencia”.

Para nada sorprende, que si el miedo eligió, la situación final corresponda a la crónica de una muerte anunciada.

Cuando la motivación para unir nuestra vida con la de alguien es el temor a la soledad o a la pobreza, difícilmente nacerá una relación de pareja, más bien surgirá una sociedad patrimonial o una dependencia para administrar soledad. —Vivir con alguien a quien no amamos difícilmente será una experiencia feliz—.

Aun, y en otro contexto, elegir a un líder cuyos principios no respetamos porque la otra alternativa nos asusta, nos acarreara un futuro que tampoco deseamos, cuando traicionamos nuestra conciencia nunca alcanzaremos al porvenir que soñamos.

Es un imperativo espiritual preguntarnos frente a cada decisión, dilema, relación o fracaso posible si esta elección nos disminuye o nos engrandece”.

Y es que como el miedo se instala en los lugares más oscuros de nuestro ser, como ocupa el espacio que el amor no habita, puede suceder que al conocer la respuesta el alma requiera de nosotros acciones y nuestra personalidad teme.

Sólo los valientes, audaces y autónomos cuando ven el vacío a donde el miedo los dirige se atreven a retarlo y tomar las riendas de su existencia. Ninguno de nosotros quiere que el día de su muerte, al mirar hacia atrás, observe que no vivió porque el temor fue su maestro. Lo que hacemos tiene consecuencias y son preferibles las que corresponden al libre albedrío.

 

 

 

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