Rabo de paja

El libro del bisabuelo de Macondo

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En una edad incierta entre la primera comunión y el primer divorcio, Roberto Rubiano Vargas me prestó el libro de mi vida. El “Negro” Rubiano es autor de una colección de cuentos ya clásica, Gentecita del montón (Premio Nacional Fundación Guberek y Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1981), y de una novela transgenética, en términos narrativos, El anarquista jubilado (Editorial Planeta, 2001). Y libros infantiles o juveniles, relatos del famoso periodista/detective Juan Ramón Galves, mini o micro cuentos y otras buenas yerbas. Aunque parezca, no es un escritor prolífico: es otro perezoso ahí, como el suscrito.

En aquella época Rubiano y yo éramos la Comisión de Prensa del Comité Ejecutivo Regional de Antioquia del Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario, MOIR, pomposísimo rango para justificar nuestro oficio de corresponsales de Tribuna Roja, el periódico más más del mundo entero y el menos leído en Colombia. (A riesgo de excomunión en las redes sociales, hago la salvedad de que el MOIR del setentaipico era una vaina distinta al MOIR de hoy. Entonces, por ejemplo, apoyaba sin condiciones a los iguazos de los ingenios de caña de azúcar del Valle del Cauca, trotamundos sin derechos en esa rancia comarca semifeudal. En cambio, ahora se opone al impuesto al azúcar, sustancia de comprobada nocividad en la salud pública. ¡Oh, pasado heroico!).

La verdad sea dicha, Rubiano y yo éramos un par de cucarrones, insulto favorito dentro del partido contra aquellos que, a juicio de la militancia, no éramos ni parecíamos moiristas, o sea, “fogoneros de la revolución”. Nos la pasábamos leyendo, él más que yo, y escribiendo, él mucho mejor que yo. Un día, según dije al principio, me procuró el libro de mi vida: Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson.

Son una veintena de cuentos alrededor de la cotidianidad de un pueblito imaginario del Medio Oeste estadounidense. Se pueden leer también cual capítulos de una novela: ilusiones, desengaños y perplejidades de su narrador, el joven reportero George Willard. Tiene el aire realista y burlón de Dublineses, del cegato James Joyce, o la curtimbre de la magistral Spoon River Anthology, de Edgar Lee Masters.

Por supuesto, traté de birlárselo a Rubiano, es decir, hurtárselo con maña. Negativo, el civil. Dijo que se lo había traspasado a un amigo, lo cual era bastante improbable pues su único parcero en Medellín era yo. No importa. Winesburg, Ohio desapareció de mi vista y, al igual que en la canción de Joaquín Sabina, tardé 19 noches y 500 días en darlo por perdido. O al revés, ¿vale?

Lo busqué en bibliotecas públicas y en librerías de segunda. Ruinosa faena. Lo que es la vida, hace poco lo encontré en Instagram en las ofertas de San Librario, del buenazo de Álvaro Castillo Granada, en una edición de 1977 por la Editorial Arte y Literatura, La Habana, Cuba. Una versión tan circunspecta que en la contraportada hasta regañan al autor: “No pensó que la frustración de sus personajes era inherente al régimen capitalista, y que el remedio sería un ordenamiento social más justo, no el refugio en el misticismo y en la irracionalidad.” ¡Joder y jolines! Siquiera no lo mandaron a juicio como al poeta Heberto Padilla.

Digo lo mío aquí y ahora, hic et nunc: Sherwood Anderson inspiró a William Faulkner y Faulkner inspiró a Gabriel García Márquez y García Márquez inspiró al resto. Winesburg, Ohio, engendró a Yoknapatawpha y Yoknapatawpha engendró a Macondo. Amén. El libro de nuestras vidas. ¿Sí o qué, Rubiano?

@EstebanCarlosM

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