Por: Juan David Zuloaga D.

El líder solitario

COMO ESTAMOS EN PLENA COPA AMÉrica conviene que hablemos de fútbol.

Mientras esto se escribe estamos a la espera del inicio de los segundos partidos de cada una de las selecciones. Los primeros encuentros dejaron resultados inesperados (como el empate entre Bolivia y Argentina o entre Brasil y Venezuela). Y dejaron también más de lo mismo: un discutible rendimiento futbolístico, jugadores que muestran el desgaste de las competiciones de clubes, planteamientos que ya conocíamos...

En lo que respecta a la selección nacional —y la parafernalia que la acompaña— encontramos lo mismo de siempre: una primera modestísima presentación, que dejaban prever los encuentros previos, una falta de entrega por parte de algunos jugadores —baste decir que suda uno más desde la tribuna o desde el sofá de la casa— y un optimismo infundado en muchos de los hinchas, auspiciado irresponsablemente las más de las veces por la unanimidad de los medios de comunicación; la frase más oída antes de la victoria de Chile sobre Méjico fue: “Colombia es el único equipo que ha conocido la victoria” y otras sentencias de este tenor. Frases que, desde hace varios lustros —desde 1993, al menos— hacen parte del repertorio del hincha —sobre todo del que poco sabe de fútbol o del que no ve los partidos o los ve distorsionados por la amabilidad de la cerveza patrocinadora o por el infundado optimismo de quien sólo tiene esperanza, pues no tiene equipo— y son fiel reflejo del folclor, del típico y difundido folclor nacional.

En contra del parecer común —“el equipo goleador del grupo”, “el líder solitario”, etcétera— no puedo mostrarme optimista porque vi el partido (en el que se venció, dicho sea de paso, a una selección sub-22) y porque, además, no veo buenas razones para ello. Sabemos que Hernán Darío Gómez aprendió a clasificar equipos al mundial —sabe jugarle a Argentina (que es donde se juega la clasificación) en casa y en la visita—, para después entregarse a la eliminación en las primeras rondas de las copas del mundo (sé que el entusiasmado lector aducirá azarosas excepciones) y quizá ello explique la contumacia de los dirigentes a la hora de nombrarlo nuevamente (“por enésima vez” iba a escribir, porque, claro, ya perdí la cuenta). En su momento, cuando terminó el pasado Mundial de Fútbol y estaba vacante el puesto para el director de la selección nacional (días más días menos), la Atalaya advirtió de la temeraria decisión de volver a traer al ‘Bolillo’ a la dirección nacional. Hubiera sido una oportunidad hermosa para contratar un técnico extranjero que le diera nueva impronta al fútbol colombiano (al menos a la selección si lo primero es mucho pedir) y nuevos aires a los enrarecidos vientos de la Federación de Fútbol. Todo ello, claro, si hubiera dirigentes y si hubiera sensatez, pero desde la cima de la Atalaya no diviso ni lo uno ni lo otro. Y volvemos al punto de siempre: buenos jugadores —quizá no para llegar, como hacen los medios de comunicación nacionales, a compararlos con los mejores del mundo— con un técnico temeroso y mediocre.

El nivel que ha mostrado la Copa América hasta el momento muestra también que sería un torneo que tendríamos que ganar (al menos llegar a la final), si hubiera dirigentes y si hubiera técnico... Pero eso sería pedirle demasiado a quienes siempre han aspirado a tan poco.

 

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