Por: Alvaro Forero Tascón

El liderazgo transformador

Se habla mucho sobre las diferencias de estilo de liderazgo entre Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos.

Pero generalmente no se toman en cuenta las diferencias de contexto histórico en que les correspondió gobernar.

Mientras que las circunstancias que enfrentó Uribe permitían que interpretara la voluntad de las mayorías, es decir, que las complaciera aplicando la fórmula a que se había llegado a raíz del descalabro del Caguán —perseguir implacablemente a las Farc—, Santos tiene un reto de liderazgo mucho más ambicioso y difícil: llevar al país hacía una paz negociada en medio de un clima de odio y desconfianza por las Farc tan grande, que muchos prefieren continuar la guerra. Atizados por Uribe, olvidan que éste también buscó negociar con las Farc y aceptó niveles de impunidad en la negociación con los paramilitares.

Ronald Heifetz, gurú del liderazgo de la Universidad de Harvard, sostiene que hay dos tipos de problemáticas: las que requieren soluciones técnicas y las que necesitan soluciones adaptativas. Las segundas son aquellas en que se debe adaptar a las necesidades para conseguir soluciones definitivas. Heifetz pone como ejemplo que una persona sufra un ataque cardiaco. La solución técnica es una cirugía. Pero ésta no soluciona el verdadero problema: los hábitos del paciente que causaron el infarto. Sí éste sigue comiendo igual y sin ejercitarse, puede producirse un nuevo infarto, quizás fatal. La solución adaptativa ataca las raíces del problema, no sólo sus manifestaciones.

Por su grado de dificultad, las intervenciones adaptativas requieren de líderes. Para las técnicas basta un buen ejecutor. El cambio adaptativo es difícil, porque implica pérdidas, grandes esfuerzos, cambios de pensamiento y de valores, control de miedos y de pasiones. Pero esos cambios son indispensables, porque cuando se aplican soluciones técnicas a retos adaptativos, se equivoca el diagnóstico, y aunque se consigan mejoras temporales, el problema de fondo permanece.

La visión de Uribe en 2002 —que bastaba con la seguridad porque la paz no era conseguible— resultó siendo una solución técnica para un reto adaptativo. Sirvió para bajar la fiebre, para reventar la burbuja de inseguridad, pero no para curar la enfermedad del conflicto, pues las Farc se adaptaron y neutralizaron los avances de la seguridad democrática. Algo tan evidente no se ha hecho claro, porque para esconderlo, el uribismo dice que el problema no es la seguridad democrática, sino su abandono. La misma táctica sagaz de encubrir los errores responsabilizando al “enemigo”, usada en la parapolítica, en las chuzadas del DAS, en el fallo de La Haya.

Juan Manuel Santos asumió la difícil tarea de hacer cambios adaptativos de fondo, viendo la necesidad de no dejar pasar dos circunstancias históricas frágiles: la relación de fuerzas favorable con las Farc y el apogeo del “bolivarianismo” que entraña un atractivo político para las Farc.

Si logra la paz, Santos habrá ejercido un verdadero liderazgo porque tuvo la visión para entender que la paz, no la seguridad, era la gran empresa de su generación, y porque habrá tenido la valentía y la sabiduría para conseguirla en medio de obstáculos enormes.

 

 

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