Por: Valentina Coccia

El llamado hacia la inquietud

“El que piensa pierde”, reza un viejo y anquilosado dicho colombiano. Siempre me he preguntado qué es lo que pierde uno al pensar, como si las certezas puestas al entredicho conformaran el camino que nos arroja directo a la perdición. A los colombianos nos han vendido el mito de la infalibilidad: no cuestionar las grandes verdades, venerar la autoridad sin contestarla y celebrar los prejuicios de nuestros mayores parece ser el derrotero que nos conduce hacia una vida feliz. Sin embargo, esa dicha comprada tiene la misma estabilidad que una torre de naipes. Cualquier ventisca puede tumbarla, así que nos dedicamos a protegerla, fortificándola con enormes murallas, rodeándola con un foso lleno de cocodrilos y limitando el acceso de los demás a través de un enorme puente levadizo. De esta forma tendremos la ilusión de que el castillo de cartas aún permanece en pie, cuando a la larga todas esas barreras solo están protegiendo los vestigios de la nada.

En Colombia la veneración por ciertas figuras políticas mesiánicas, la celebración de los prejuicios morales y sociales y la ingenuidad frente a las maniobras corruptas del gobierno son características que no solo pertenecen a las generaciones más antiguas, sino que con cada vez más estrépito, se adhieren a las voces de los más jóvenes. Hemos heredado castillos, torres y casas de naipes de nuestros ancestros, con sus correspondientes barreras y defensas. Esto quiere decir que hemos pasado más de una generación sin contestar, sin razonar y sin cuestionar, porque como dice otro dicho aterrador: “mejor lo malo conocido que lo nuevo por conocer”. Entonces, ya por largo tiempo hemos permanecido al margen de nosotros mismos, protegiéndonos de manera excesiva en ideas que ya comienzan a lucir amarillentas y gastadas. Estanislao Zuleta, emérito filósofo colombiano, en su ensayo Elogio de la dificultad decía que “amamos las cadenas, los amos, las seguridades, porque nos evitan el uso de la razón”.

¿Cuáles son entonces las consecuencias de no pensar? ¿A qué vida nos ha llevado permanecer en este statu quo? ¿En qué cementerio han quedado enterrados los despojos de nuestro uso de razón?  Ya lo decía Calderón de la Barca: “Sueña el rey que es rey, y vive con este engaño mandando, disponiendo y gobernando”. Nos entregamos a una verdad absoluta, que en realidad es más vana que un castillo de aire, y en nombre de esa verdad libramos todas las batallas. Frecuentemente nos encontramos en permanente enfrentamiento con nuestro prójimo, pues a toda costa tratamos de imponerle nuestras ideas. Si nosotros tenemos razón, ellos necesariamente estarán equivocados. Llenando de descrédito el pensamiento ajeno no solo nos condenamos a una vida de querellas y violencia, de prejuicio y de maldad, sino que también reforzamos las cerraduras de nuestros grilletes. Nos condenamos a ser un pueblo arrodillado. De hecho, confrontarnos con el pensamiento ajeno y enfrentarnos a realidades desconocidas nos haría más libres y nos llevaría a un progreso inminente. Solo si aceptamos encontrarnos con ideas opuestas a las nuestras podemos dar a luz a nuevas corrientes de pensamiento que nos representen a todos.

Si esto suena tan maravilloso, ¿entonces por qué la gente no lo hace? Creo que el enfrentamiento con verdades opuestas, y romper el idilio de nuestra perfecta vida cotidiana nos llevaría necesariamente a una crisis personal y colectiva. Muchos de los grandes escritores de la literatura universal (si no todos) han narrado la travesía que implica dirigirnos hacia nuestros adentros para cuestionar nuestras verdades. Dante Alighieri, en la Divina Commedia, habla de este viaje personal, que comienza con un ascenso desde el mismísimo infierno. La puerta de entrada al Hades se lo advierte: “¡Oh vosotros los que entráis, dejad toda esperanza!”. Pensar y razonar implica entonces entrar en una crisis profunda, que tanto en la esfera individual como en la esfera social nos pide despojarnos de nuestros antiguos derroteros.

En la película Apocalypse Now del cineasta Francis Ford Coppola, el capitán Willard debe sumergirse en la selva vietnamita para buscar al coronel Walter Kurtz, que subversivo y desobediente, se ha alienado del ejército para formar una comunidad que lo venera como un dios. Kurtz es el rebelde al que hay que eliminar de la ecuación, pero también representa los estadios más voraces de la locura humana, el sadismo y el enemigo interno que habitan dentro de toda vida prejuiciosa. Willard llega hasta él tratando de despojarse de ese enemigo interno, y como todos deberíamos hacer, se sienta a conversar cara a cara con su adversario. El rostro de Kurtz, interpretado brillantemente por Marlon Brando, se enmarca en la oscuridad, revelándose como un personaje propio de la pintura de Caravaggio.  En ese entredicho de luces y sombras Kurtz le dice a Willard: “El horror tiene rostro y debes hacerte amigo de él. El horror y el terror moral son tus amigos. Si no lo son, son enemigos que temer, verdaderos enemigos”. En un arrebato de lucidez nuestro enemigo interno nos muestra la realidad: debemos hacernos amigos de lo que más tememos, de aquello que pone en tela de juicio nuestra verdad, de lo contrario viviremos una existencia vacía y prejuiciosa, sin emprender nunca un viaje que nos lleve a comprender la realidad que otros viven yque nos ayude a librarnos de nuestras cadenas.

La iluminación tiene entonces un costo, tanto a nivel personal como a nivel colectivo, pero creo que todos experimentamos un cierto llamado hacia la inquietud. ¿Seguiremos ignorando las preguntas que se nos vienen a la mente? ¿Seguiremos desahuciándonos con argumentos cuya certeza no podemos comprobar? ¿Seguiremos esgrimiendo la espada, batiéndola de aquí para allá como si fuéramos soldados de la hueste del prejuicio? ¿Seguiremos defendiéndonos del otro sin nunca sentarnos a conversar con él? Es obvio que en nuestra sociedad muchos prefieren vivir en el jardín del Edén, aplicando con extrema obediencia los derroteros que nos dan, pero la verdad es que solo al salir del Paraíso podemos aspirar algún día a llegar a él.

@valentinacocci4

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2018-11-30T04:50:09-05:00

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