Por: Lorenzo Madrigal

El llanto militar

La imagen del sargento García con lágrimas sobre la mejilla, registrada por este diario en impactante portada, es hoy un hecho nacional.

Aplausos en el Congreso (honor menguado) y cierto reclamo indígena por no darse igual trato a sus víctimas.

Impacta, sin duda, el llanto de un hombre de la milicia, si bien ya este pudor desapareció de las costumbres, pero más aún el contenido de la ofensa implícita en los golpes y maltratos, pues es el alma militar la que le duele al suboficial, desde lo más hondo.

Escuché a los dirigentes indígenas pedir excusas por lo que llamaron “empujones”. En realidad, fue “a empellones” como desalojaron a los soldados del cerro Berlín, que luego retomaron los mismos soldados, al parecer también con golpiza y heridos.

No se había visto nunca a un militar derrotado dejar sin uso su arma de dotación, en obediencia a instrucciones de mando. Se resarce el deshonor con este gesto de disciplina. El hombre en armas que sabe contenerse, dignifica su misión en la sociedad y merece el mayor respeto.

La población indígena tiene reclamos que hacerle al Estado y padece abandono y menosprecio. Irónico castigo se les anuncia por los desafueros: que pueden perder los emolumentos que “por fin” iban a percibir del Estado (!).

Los resguardos son para esta población un derecho ancestral, prácticamente anterior al descubrimiento de América. Claro que si afinamos el concepto, toda la República sería un enorme resguardo, devolviendo la conquista española, con sus ventajas y excesos.

Algunas ficciones legales de territorialidad se permiten en determinados lugares, donde más se han asentado, y diría que refugiado, nuestros aborígenes. El Estado les reconoce circunscripción especial, participación y transferencias económicas, así como respetos culturales y de lengua; también justicia propia, dentro de algunas limitaciones constitucionales. Lo que no tienen, al igual que los gobiernos departamentales, es autonomía política in extenso, ni tampoco control sobre el orden público.

Asentadas en el norte del Cauca, padecen la cercanía con los cultivos de droga y con la guerrilla. En ese estrecho, entre el Ejército y la subversión, quedaron atrapados en una guerra que dicen no ser suya, pese a pertenecer, de todos modos, a la República y tener con ella otra clase de conexiones además de los favorecimientos étnicos, pormenorizados en convenios internacionales.

Hay organizaciones entre los mismos indígenas, que discrepan de esta insurrección del palo y del garrote, elementos estos contundentes, si no mortales, capaces, sin duda, de hacer daño físico y moral y, como se vio, de hacer llorar a los más duros.

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Deja caer Quevedo, en uno de sus sonetos, este curioso verso, que contradice la dureza de la milicia: “…El llanto militar creció en diluvio”.

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