Por: Hernando Roa Suárez

El maestro universitario: Constructor de paz y gobernabilidad democrática

Pensando en el proceso político colombiano, debemos tener presente que el problema más significativo de los próximos tres decenios será el de construir la paz.

Allí, el papel de las universidades  será decisivo, en el desarrollo de sus funciones formativa, investigativa y de extensión. Por ello es  evidente  que el  maestro deberá desempeñar  un papel sustantivo.

Notas iniciales. Observemos que Colombia ha sido una Nación con frecuentes procesos bélicos internos desde el siglo XIX, pero ninguno había alcanzado las magnitudes y especificidades del que atravesamos en los últimos dos decenios. ¿Cómo fueron las tipologías y los valores involucrados en los anteriores conflictos? Las características del conflicto colombiano hoy, no son como las de Honduras, El Salvador, Nicaragua o Guatemala... Los componentes guerrilla, narcotráfico, narco-guerrilla y paramilitarismo, en la magnitud y con la incidencia que los costos del conflicto tienen en el PIB, es original e inmenso . Si a ello agregamos los problemas derivados de las conductas desviadas (anomia) y la falta de cohesión social (atonía), la complejidad y originalidad del problema de la construcción de la paz, exige nuestro compromiso constructivo.

La comparación entre las características de los conflictos en el siglo XIX y el actual, nos indica que las diferencias son notables. Por ello, lo mejor de nuestra intelligentzia está invitada a aportar en el proceso de paz, bajo los presupuestos de la democracia participativa. Sabemos que las universidades deben ser comunidades integradas por educadores, educandos, egresados y personal administrativo que estamos en función permanente de innovar y orientar la vida social en el campo específico de la ciencia, la tecnología, el arte y la cultura. Frente a los problemas generados por las distintas formas de violencia, es evidente que los miembros de las comunidades universitarias, hemos de desempeñar un papel crucial.

Reflexionando en los estudios sobre la paz, notemos que es necesario actualizarlos y profundizarlos. Entre nosotros, se han desarrollado importantes reflexiones sobre la dinámica estratégica y coyuntural de la guerra pero parecería no haberse superado ese discurso y las perspectivas sobre la transformación positiva han quedado en suspenso. En cambio, sectores de la sociedad civil, en su conjunto, han abierto canales de reflexión y acción en torno a la paz, no sólo como expectativa o como ilusión, sino como un marco de entendimiento cotidiano para el desarrollo concreto de la democracia. La disonancia, entre el desarrollo académico y la dinámica social, ha generado un vacío que es necesario llenar entre todos, no sólo a través del trabajo de los académicos, porque se correría el riesgo de caer nuevamente en los mismos errores cometidos hasta ahora. Si bien es cierto que la academia ha estado presente en las diferentes convocatorias públicas, en favor de un nuevo esquema de convivencia, es tiempo ya que se funde esa intencionalidad en una nueva vocación de servicio: la de repensar y elaborar los procesos de paz simultáneamente.

Si pensamos en la opción de un maestro demócrata, es probable que estemos de acuerdo en que él está invitado a hacer presencia en la comunidad universitaria como un constructor de paz y, como tal, puede develar las injusticias y proponer alternativas que permitan cristalizar nuestra solidaridad como seres humanos; como seres políticos. Como demócratas, estamos invitados a decir nuestra palabra con consciencia crítica creadora, y a seguir laborando consagradamente, teniendo más fe en nosotros para que con la continuación de la práctica de la dialogicidad, facilitemos la construcción de una democracia participativa. Veamos conceptualizaciones básicas sobre el tema.

Maestro universitario. Como occidentales, como iberoamericanos, como colombianos, como seres humanos, al pensar en el maestro, tenemos un punto de referencia  problema-tizador: La Grecia de hace 2500 años; pensamos en Sócrates y en su discípulo Platón. Ahora, sabemos bien que instruir puede cualquiera, pero enseñar, sólo podrá hacerlo históricamente, quien sea reconocido como Maestro. El  no es instructor,  no es un profesor; no es un funcionario que se lucra de las falencias del sistema educativo. El maestro forma; se forma formando, y formando impulsa el proceso de recreación de la realidad que, como sabemos, es dialógico, profundo, histórico…

El maestro no es un negociante del bello proceso de aprender a aprender con nuestros educandos;  no es un descrestador; es un ser en búsqueda inagotable de conocimiento, de sabiduría; es un ser que facilita los caminos para ser superado por sus educandos. El maestro construye… fertiliza la realidad compleja e inagotable de lo humano. Su ejemplo es el mejor de los discursos. Pensando en nuestros días, creo que el maestro es un mediador que dinamiza la consciencia creativa del educando, invitándolo al ejercicio profundo y responsable de su libertad.

Ser aceptado como maestro, es el resultado de un bello proceso en que hemos aprendido con nuestros educandos a realizarnos como seres humanos integrales. Para ser  reconocidos como maestros, tenemos que alcanzar el mérito de haber aprendido el arte de enseñar, habiendo ejercido la vocación con estudio, cuidado, constancia y consciencia crítica.

Complementemos lo expuesto, citando cuidadosamente los siguientes aportes del maestro Alfonso Borrero: “En toda educación en lo superior y para lo superior, es imprescindible la presencia del maestro, cuya figura tiene derecho de asilo permanente en la memoria del discípulo.” “Ser maestro no es grado académico que se otorgue tras discusión ni se someta a exámenes y concurso. Es consenso espontáneo. No es función burocrática que se asigna. No es honor que se compre. Cualquiera sea el dominio intelectual del maestro, hay algo que lo señala como modelo. La maestría muestra, sin necesidad de demostrarla, la conquista del hombre sobre sí mismo”. “La maestría es eminencia que por pasos se insinúa. Llegar a ser maestro no es aparición repentina y ofuscante. Es muy lento amanecer tan prolongado como la propia vida, que no conocerá ocasos. Ser maestro es algo que define una existencia en viaje reversible hacia el saber y la verdad.”

“La obra del maestro persiste más allá de los linderos del tiempo y del espacio. Distante o ausente, su obra perdura. Muerto, influye aun en quienes nunca lo conocieron. Con el hombre, cuando muere, se enmudece su cultura personal. La del maestro desaparecido persevera, maestra, como recuerdo eficaz”. “Maestro y discípulo coinciden en trechos de la vida. Saben que en el mantenimiento de la tradición, el alumno sucederá al maestro para transmitir las voces de la verdad”. “Al contacto con el maestro, el discípulo se reconcilia con la vida, y al contacto con el discípulo, el maestro se reconcilia con su muerte”.

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