El magnicidio y la canción desesperada

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Tal vez la mejor manera de entender la confesión de las Farc sobre su autoría en el asesinato de Álvaro Gómez sea tomarla como parte de una novela policiaca. Es decir, como engranaje sorprendente de una ficción literaria. Veinticinco años después del hecho, es decir, tras 350 páginas del relato, el lector recibe el dato con un ¡plop!

Los solemnes investigadores tejieron toda clase de hipótesis. La ley encarceló a un posible autor material que ni siquiera estaba en la ciudad el día fatal. Desde los distintos poderes legales e ilegales llovieron acusaciones señalando a los adversarios políticos. Desde la casa mayor del gobierno, desde los cuarteles militares, desde una mafia regional, desde la familia víctima, desde la embajada gringa, desde escondidos conspiradores… hasta desde el gato, íntegros los personajes pontificaron sobre el perpetrador escondido.

En un país cuajado de intrigas, zancadillas y conveniencias, cada orilla trabajó para sacar provecho del magnicidio. El país, el lector, mordisqueó la malla conjetural sin encontrar descanso a su turbación. No era la primera vez que un acontecimiento tremendo se hundía en el misterio de los siglos. Tantas investigaciones exhaustivas para tantas verdades engavetadas.

De entre la negrura del tiempo, de súbito irrumpen los comandantes de la exguerrilla pacificada y dicen: ¡Fuimos nosotros! Somos los únicos responsables, dejen de buscar el ahogado aguas arriba. Más aún, califican de execrable el hecho y lamentan “cuánto contribuimos al infierno en que se convirtió nuestra querida Colombia”. Aquí viene el plop del lector.

Nadie lo sospechó desde un principio, igual a lo que ocurre en las novelas negras. Y como en la ficción, los demás protagonistas ahora arrinconados se niegan a aceptar la versión recién aparecida. El escritor continúa enredando la pita, para sostener del cuello al público. Los nuevos personajes prometen pruebas, apuntan hacia la red urbana. Surgen de entre brumas pergaminos en que el fundador de la hueste —especie de mago Melquíades— habría garabateado los motivos del lobo y prohibido la difusión del acto de sangre.

La historia parece darle razón a Charles Chaplin, fino guionista de sus filmes, cuando dijo: “El tiempo es el mejor autor. Siempre encuentra el final perfecto”. En este caso tuvo que pasar un cuarto de siglo para que el tiempo metiera mano en la escritura enrevesada del magnicidio.

No solo el tiempo. El poeta Darío Jaramillo Agudelo completa el acertijo: “Todo está escrito, pero nos gobierna el azar”. Gracias a este par de diabluras, el tiempo y el azar, la realidad y la ficción se hermanan para generar el dilatado libro de la historia.

Las semblanzas las enseñan los vencedores, pero en nuestras guerras entre hermanos todos han resultado perdedores. Y como afirmó el cantante irlandés Frank Harte, “los que están en el poder escriben la historia, los que sufren escriben las canciones”. Por eso Colombia compone y entona las más desesperadas y entrañables canciones.

arturoguerreror@gmail.com

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