Por: Fidel Cano

El mago Costas

La verdad, en esta novena, me estoy subiendo a un bus que nunca pensé que llegaría. Con todo y que siempre acompañé al equipo, hasta en Techo todo este último semestre, hace tiempo creía que el 2016 que tantas ilusiones nos despertaba hace un año iba a ser una temporada perdida para el rojo querido.

La salida de las grandes estrellas que nos llevaron al título de la Sudamericana -Morelo, Arias, Torres y luego Yerry, Seijas y algunos más- para ser reemplazados por jugadores bastante normalitos o todavía en formación -caso Kevin Salazar-, más el lento deterioro natural del mejor de todos, el que nos llevó de su inteligencia a tantos títulos, Ómar Pérez, no auguraba mayores esperanzas.

Sí, lamentable fue todo lo que sucedió aquel fin de semana con la salida de Pelusso, pero ya entonces el equipo no daba muestras de estar jugando a nada. La llegada de Alexis y, más que eso, su mantenimiento después de esa imperdonable eliminación ante Cortuluá eran llamados al desastre. Así salimos derrotados ante el Sevilla, en la Libertadores, en la Sudamericana, mientras cedíamos puntos en casa y hasta los pelaos del Nacional nos goleaban en Bogotá.

La Suruga, que ahora viendo la gran presentación de nuestro rival en el Mundial de Clubes que acaba de terminar se valorizó, sabemos quienes madrugamos aquella mañana que tuvo un héroe, Rufai, en aquel penal y otro par de salvadas, y mucha suerte porque el Kashima estuvo todo el tiempo encima y, en fútbol, mereció el partido.

Pero volvió Costas, Costas querido... Y a quienes rabiábamos de impotencia en el estadio, ya pensando en el año entrante y sabiendo que el profe había llegado a dirigir un equipo muy inferior al que había llevado a ganar la octava y pésimamente preparado, de a poco nos fue encantando por su orden sin mayores destellos de calidad.

Hasta los últimos minutos de la última fecha estuvimos pensando que la clasificación sería mucho premio para este equipo tan inofensivo en ataque, después de haber desperdiciado tres juegos consecutivos en Bogotá cediendo puntos.

Y, sin embargo, fue a Manizales y se trajo el triunfo. Y luego fue a Medellín a pelearle al campeón reinante y jugó el mejor partido del año. Con las mismas limitaciones, pero con un orden y una concentración verdaderamente impresionantes. Y se vino Nacional. Un mal juego como local -fue tanto el susto que mostraron que hasta Johnatan terminó quemando más tiempo que un Nacional que lucía conforme con ese empate- y un golpe de autoridad frente a los jovencitos pero talentosos del Nacional nos puso en esta final impensable de ayer.

Perdón Ánderson por todo lo que alcancé a decir de vos hace unos meses, perdón Urrego, perdonáme el desespero con tu desorden Jonhatan, perdón Botello por rogar muchas veces que te rescatara Millonarios, y al otro Johnatan de una vez. Perdón Leyvin, jamás pensé que volvieras a ser un titular pedido en Santa Fe.... Y así.

Y gracias Costas, Costas querido. Primero por eso, por devolverles el nombre a todos estos muchachos que uno en su emoción de hincha destruye al paso sin entender que otras cosas entran en juego para que un futbolista sea un ganador o no. Lo que el profe Costas hizo con este equipo que no era el suyo es mágico. Entendió lo que tenía y lo potenció hasta convertirlo en lo mejor de Colombia. Este sí que es un título de equipo, de unión, de un liderazgo monumental.

Me subo a este bus con algo de vergüenza por no haber creído, pero orgulloso de que el Santa Fe humilde de toda la vida haya sido capaz de superar todas las limitaciones.

 

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