Por: Juan Carlos Botero

El malentendido de la paz

El presidente Juan Manuel Santos ganó la reelección por una esperanza y una palabra: paz. Sin embargo, un gran malentendido gira en torno a este concepto.

Si se firma la paz con las Farc, el balance final dependerá de las expectativas y de lo que se entiende por violencia. Si se espera el fin de toda la violencia nacional, y si ésta se refiere a la cantidad de muertes violentas que ocurren en el territorio, la paz será vista como un fracaso. La razón es obvia: las Farc son culpables de una porción de las muertes violentas que ocurren en el país.

Pensemos lo siguiente: hace 25 años, cuando el narcotráfico de Pablo Escobar le declaraba la guerra al Estado, y la guerrilla sembraba el terror con varios grupos insurgentes y más de 20 mil rebeldes, y los paramilitares hacían lo mismo, en parte aliados con las Fuerzas Armadas, y a pesar de que esas tres fuerzas ilegales recibían toda la atención de los medios, la cantidad de muertes violentas que éstas producían juntas no llegaba al 20% del total. El resto era fruto de riñas, accidentes, suicidios y delincuencia común. Hoy las Farc, reducidas a unos siete mil guerrilleros, son culpables de una fracción de las muertes violentas, y la mayor parte las causa la delincuencia común. Por eso, de firmarse la paz con las Farc, la gente sufrirá una desilusión al ver que la violencia, en términos de muertes violentas, continúa.

Sin embargo, desde otro punto de vista la paz será positiva. Y es con base en los daños económicos, ecológicos y estructurales que generan las Farc. Sin duda, varios miembros de la guerrilla, que sólo saben matar y robar, no acatarán los acuerdos de paz y seguirán delinquiendo. Así pasó con cientos de paras, que siguieron cometiendo delitos y hoy se llaman Bacrim. Mucha gente cree que son lo mismo. Pero no lo son. Su objetivo principal es extorsionar y robar, no masacrar ni hacer secuestros masivos, y una banda criminal ya no se puede instalar en un pueblo durante una semana, como pasó en El Salado, asesinando, torturando y violando. Carecen de la infraestructura para hacerlo.

Eso significa que los estragos de las Farc se reducirán, y mucho. Me refiero a daños estructurales (destrucción de puentes, carreteras, torres de energíá y oleoductos), desastres ecológicos, e inmensos costos económicos. No tendrá sentido mantener un ejército de medio millón de soldados, y las colosales pérdidas por apagones, petróleo derramado e infraestructura destruida se disminuirán. En suma: si luego de la firma con las Farc perdura una secuela de bandoleros dedicada a robar, ¿pondrá minas quiebrapatas? Probablemente no. ¿Volará puentes y torres de energía? Tampoco. ¿Asaltará poblaciones? Lo dudo. El objetivo será otro y sus intereses serán más mundanos. Seguirá cierta clase de violencia, desde luego, pero otra (inmensa) se reducirá. En ese sentido, la paz con las Farc será superior a lo que la gente se imagina.

El triunfo del proceso de paz dependerá de las expectativas. Si se espera que se acabe la violencia en general, la paz será un fracaso. Pero si se espera la reducción de la violencia guerrillera, será un éxito. No sobra que el Gobierno, ahora que ha recibido un claro apoyo en las urnas para luchar por la paz, se lo diga al país y aclare sus expectativas. Y conviene que éstas sean realistas.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan Carlos Botero

A escondidas

Historias de pájaros

El Metropolitan

El reto de entender a Colombia

De tesoros y huracanes