Por: Carlos Granés

El malestar catalán

A veces las sociedades más privilegiadas del mundo enferman. ¿Qué les ocurre? Es un misterio. No hay síntomas reales que se puedan observar y medir. La gente sigue yendo al trabajo, se divierte en su tiempo libre, goza de todas las libertades, no vislumbra la marginalidad como amenaza, y tampoco padece el tipo de incertidumbres —¿la violencia me permitirá llegar a viejo?, ¿el caos político garantizará mi empleo, mi propiedad, mi pensión?, ¿se avecina una dictadura o una guerra civil?— que maltratan la vida en otras sociedades. Esto no impide, sin embargo, que haya un profundo malestar.

A veces el bienestar se muerde la cola para transformarse en su contrario. Pareciera que tanta estabilidad, tanta previsibilidad, banalizan la vida. Surge el hastío, incluso el aburrimiento. La sensación inflama la mente de unos cuantos y empieza el contagio. Al cabo de unos años, el malestar es colectivo. Al diablo con los datos objetivos y la verdad contrastable, lo que prima es la sensación interna, el sentimiento subjetivo. No, no estamos bien. Cómo vamos a estarlo, para empezar, si podríamos estar mucho mejor. Cómo vamos a estarlo, si ese estar bien significa resignarse, humillarse, someterse a la ranciedad de gente atrabiliaria que nos tiene manía. Cómo vamos a estar bien si merecemos más de lo que recibimos; si nos esforzamos por ser cultos, trabajadores, honestos y a cambio sólo recibimos desprecio e injusticia.

Ese sentimiento, que lleva instalado en Cataluña mucho tiempo, se ha magnificado en los últimos meses hasta producir una fractura enorme en la sociedad. Hay gente que ya “desconectó”. Es decir, que no se siente parte del Estado español y que por lo mismo no reconoce sus instituciones o las ve como una imposición tiránica del exterior. Se han dejado ir. Soltaron amarras y ahora viven un sueño comunitario de emancipación final. Incluso, hay un líder político que asegura que Franco está vivo, con lo cual, de paso, dice que España sigue siendo una dictadura. Nada más delirante. Nada más mitológico e irracional. Y sin embargo, es lo que está jalonando a la masa enfurecida.

Toda esta retórica tiene, desde luego, un propósito calculado: hacer que la profecía se autocumpla. Si se viola sistemáticamente la ley y se sigue adelante con un referéndum no amparado por la constitución española (ni por la de ningún país del mundo, a excepción de Etiopía y las islas de San Cristóbal y Nieves), evidentemente algo va a pasar. Se producirá una imagen desagradable: la Policía impidiendo una votación, los jueces deteniendo políticos catalanes, miles de personas frustradas en su metafísico anhelo de liberación. En otras palabras, se va a alimentar aún más el malestar. Y así, quizás no ahora, pero sí en un futuro, la avalancha del independentismo cargue con más fuerza y más rabia para llevarse por delante lo que se le ponga.

A veces pienso que los españoles, siempre tan incómodos con su nacionalidad y tan críticos con su historia, no se dan cuenta de lo que tienen. Sorprende que no haya catalanes negándose a que les quiten Madrid o Granada, y sorprende que en el resto de España no se diga que Barcelona, Miró, Gaudí, Pla también les pertenece. Que también son ellos. Algo pasa con el pensamiento crítico. Siendo su deber desmontar el mito, sólo añade leña al malestar.

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