Por: Santiago Villa

El maltrato de Verónica Pinto

Conocí a Verónica hace diez años, cuando ella era estudiante del colegio en el que yo fui profesor durante mi último año de universidad. Me impactó porque era una joven responsable y trabajadora. Era respetada y querida por sus compañeros y por el profesorado. Tenía una evidente capacidad de liderazgo y era dueña de sí. Su carácter era sólido y dulce. Se comportaba con rectitud moral.

No la reconozco en las palabras que el congresista Andrés Felipe Villamizar usa ahora para describirla. Dudo que él, incauto e inocente, haya caído en las garras de una mujer que durante el noviazgo parecía amorosa, y una vez en el matrimonio resultó ser maltratadora. A él, a diferencia de ella, me cuesta trabajo creerle.

Ha sido desconcertante ver a Verónica narrar esta dolorosa historia en cámaras.  Por su valor como persona pensé que ella tendría un matrimonio feliz, o al menos de mutuo respeto. Lo merecía. Presenciarla en un cruel carrusel de acusaciones y agresiones, en una lucha por la custodia de su hijo, no es lo que yo hubiese imaginado que sería una etapa de su vida. Una etapa difícil que superará tan sólo ganándole una lucha jurídica a su esposo.

He conocido muchas historias de mujeres como la que cuenta Verónica, y algunas también vienen de un contexto familiar difícil —es evidente el maltrato que Verónica sufre a manos de su padre. “¡Usted a mí me respeta!”, le exige a los puñetazos. “Tú mereces que te insulten y te maltraten”, le dice con dulzura—. 

Este debate público ha tenido un tono de intolerable machismo. En el discurso misógino la mujer está siempre al borde de la locura. Es casi un milagro que su psiquis no se deshaga en un pantano de histeria, menstruación y depresión posparto. Esta última siendo el diagnóstico alegre que rueda para explicar la situación de Verónica.

Se escucha decir que el problema de Verónica es que es una mujer loca, y me disculparán por el pleonasmo. Que no fue víctima de abusos por parte de un hombre con problemas de alcoholismo, que la acorraló con amenazas, manipulaciones y un proceso judicial artero. No. La verdad es otra: como su papá le pegaba entonces ella fue siempre una abusadora en potencia y con el parto terminó de perder la razón.

Hay hombres que tienen un talento viperino para la manipulación y no me extraña que la política sea una profesión en la que prosperan. Algunos incluso llegan a ser congresistas.

Villamizar evidentemente sabe enmarcar las palabras de Verónica para presentarlas con intenciones que nunca tuvieron. Dice que es abusadora. Que lo maltrata. Sin embargo, Verónica ni siquiera es una amenaza cuando tiene un cuchillo en la mano.

Este frenesí público y volcán de versiones es un peligro que Verónica probablemente sospechaba tendría que enfrentar cuando diera el valiente paso de acusar a su marido por abuso ante la Corte Suprema de Justicia. De esta manera no sólo comienza a forjarse una salida, sino que da ejemplo a las mujeres que temen denunciar maltratos. Esta se parece más a la Verónica Pinto que yo conocí hace diez años. A la que admiro.

Ni una más.  

Twitter: @santiagovillach

 

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