Iván Duque es el nuevo presidente de Colombia: Marta Lucía Ramírez, su vicepresidenta

hace 3 horas
Por: Enrique Aparicio

El Manso y la tonta

Eugenia se sentó al borde de la cama y William también, quien comenzó a desabrocharle la blusa de seda muy fina color crema.  Estaban en un pequeño apartamento que le alquilaba a un amigo en un edificio muy elegante del barrio La Cabrera, arriba de la calle 87 con la novena.  El sitio, mal amoblado.  La poca elegancia y el olor a sexo imperaban. 

Joaquín, el esposo de Eugenia, era un tipo alto, fornido, que parecía más bien un boxeador. Por la cara daba la impresión de que los encontrones de la vida no le habían sido extraños.  Sin embargo, su sonrisa permanente y la suavidad en las maneras con que trataba a las mujeres, que inmediatamente sentían lo que toda mujer pide: seguridad y cariño, eran parte de su gran don de gentes. Daba la sensación de que los secretos más íntimos serían guardados y respetados. No era el tipo que en las reuniones sociales tenía el último chiste o lideraba una posición política o de negocios. Le gustaba simplemente escuchar. Como ocurre muchas veces, cuando estaba más joven lo apodaron el “Manso” y de ahí en adelante su nombre de pila, Joaquín, fue desvaneciéndose hasta el punto que todo el mundo lo llamaba por su apodo.   

Eugenia no era diferente a aquellos seres humanos que encuentran el milagro de vivir algo monótono. Lo toman como merecido por la misma falta de conciencia de quienes lo tienen todo. La frase por la mañana antes de levantarse era: “La misma vaina todos los días”, y como alguien que repite un pensamiento, la mente comienza a tomar en serio el contenido y la vida se convierte en precisamente eso: algo rutinario, sin mayor fogosidad si cabe la palabra. Tenía dos hijas. La mayor, Pilar, de 14 años, y Eugenia de 12. El universo familiar funcionaba relativamente bien, con las hijas muy apegadas a su padre.

Nadie es víctima de un caso fortuito. Siempre ha habido terreno para las semillas de pensamientos que permanente caen en la mente e inician su proceso de germinación. Así podemos concluir que somos lo que somos por nuestros pensamientos y no por un mundo circunstancial.

En el caso de la esposa del Manso, quería encontrar la seguridad lejos de donde verdaderamente estaba. Le agradaba y le daba gran importancia a todo hombre con título de gran cartel: el señor ministro, el doctor, presidente de la empresa constructora, el industrial o banquero que azota prensa a cada rato y así sucesivamente.

William llenaba parte de ese requisito vendiendo lo importante que él era.  Alto ejecutivo de una multinacional encargada de buscar profesionales para grandes empresas que por su hoja de vida podían llenar la vacante de un puesto directivo en una de ellas. 

Delgadito, rubio, casado donde la apariencia no se podía esconder, casi chaparrito, con actitud de querer tener una mirada inteligente, con un título llamativo, un carro último modelo y una oficina relativamente espaciosa, se movía con gran soltura en el medio social atento a encontrar candidatos.

En una de esas juntas de benefactores de cualquier cosa y para pasar el rato, pero donde asistía la gente llamada importante, conoció a Eugenia. Algunas conversaciones comenzaron a ser íntimas y terminaron en el apartamento de La Cabrera. Después de varios encuentros, la relación comenzó a torcerse de una manera especial.

Eugenia comenzó a hablar: “No sigas, debemos parar esto. No sirve lo que estamos haciendo.  No comprendes, el Manso se ha dado cuenta. Ya no sonríe”.

William, en tono tranquilizador: “La verdad es que tu marido me parece un poco pendejo. No dice mucho, no expresa nada, parece que este mundo no le interesa”.

“Aaaay, mi querido William, te voy a contar algo. Conocí al padre del Manso. Un hombre amable y con una leve sonrisa. Sólo oía y cuando algo estaba mal seguía con la misma expresión pero sin la sonrisa. Un negociador increíble y el Manso nada más de verlo le aprendió. Su padre siempre le decía: ‘Nunca digas de dónde vienes, hacia dónde vas, ni cuánta plata tienes en el bolsillo’.

El Manso tiene una oficina de abogado tan pequeña que escasamente caben él y su secretaria, sin embargo sus trabajos como negociador de grandes empresas y sindicatos le han generado un capital inmenso del que nunca nadie se entera. Sólo sé que parte de esos ingresos van a instituciones de caridad. Tú, con la gran oficina y el carro último modelo, cualquier día te botan y ya no serás nadie”.

“Dejemos el tema —le respondió él—. Me parece que estamos exagerando y tú estás nerviosa”. Y trató de seguir en el proceso de abrirle la blusa.

“Mira, William. En el último coctel que estuvimos tú parecías una abejita detrás de mí. El Manso estaba muy cerca y obviamente se dio cuenta. El Manso ha dejado de sonreír y yo estoy en la cuerda floja.  Me largo de esta pocilga.  Ya no puedo más”.

“Por favor, Eugenia.  No, por favor”. La expresión tenía un tono tan falso que daba risa.

Eugenia comenzó a deslizarse a buena velocidad por la carrera Séptima. El Manso le había dejado un mensaje de que quería hablar con ella y que las niñas se quedarían a dormir donde la tía.  Sólo eso.  Sin decir nada más.  Un sudor frío corrió por su cuerpo.

William esperó un tiempo prudencial hasta que vio por la ventana que Eugenia se alejaba y llamó por el celular. Una voz masculina contestó al otro lado de la línea. “Hola, Alberto, ¿cómo estás?...  Mal, muy mal.  Me tienen aburrido todas estas conquistas con mujeres.  Me hacen sufrir… son unas tontas.  Por favor, no pienses así.  Tú eres el único amor de mi vida”.

***

El YouTube lo hice en Turquía hace tiempo, pero me gusta. Da la impresión de algo fresco. El mar, las gaviotas y el cielo en lugar de tanto enredo emocional que vive el ser humano buscando la seguridad personal donde no existe. No hay como una gaviota, donde el espacio y el mar son sus límites.

https://youtu.be/JVssK7CHEWX0

Que tenga un domingo amable.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Enrique Aparicio

El cuadro de la marquesa

Entre la violencia y el miedo: Erik el Rojo

Irlanda 1 – Iglesia 0

Cézanne y la pintura al aire libre

Una papa caliente, el tema del metro