Por: Columnista invitado

El mapa de la civilización y la barbarie

En estos agitados días del país, en los que las emociones parecen alterar el juicio sereno de muchos de nuestros compatriotas, refugiarse en viejas y agradables lecturas puede brindarnos una burbuja de calma.

Tenía entre mis manos el siempre deleitable libro del pensador búlgaro Tzvetan Todorov El miedo a los bárbaros y me disponía a emprender su repaso mientras en los medios y en las redes sociales circulaba, por un tiempo breve pero de manera profusa, un mapa que parecía elaborado por una mano infantil pero guiada por una mente atormentada. Estaba garabateado y coloreado con rabia plasmando en sus trazos una segregación elemental y arbitraria de Colombia.

En esta cartografía singular los habitantes de las costas Caribe y Pacífica, más los de la Amazonia, fueron representados como seres toscos, carentes de autonomía y capacidad de agencia, sometidos al dominio violento de bandas armadas que coartaban su primitiva libertad, en tanto que el corazón del país se encontraba habitado por seres ilustrados y autónomos, portadores exclusivos de los valores de la civilización y capaces, por tanto, de decidir el rumbo del país sin la injerencia perturbadora y subalterna de los otros. Pero esa insensata distinción nos lleva a preguntarnos: ¿quiénes son los bárbaros que habitan la periferia nacional y por qué ciertas mentes los perciben como tales?

Todorov señala que entre las diversas acepciones que ha construido la humanidad a lo largo del tiempo se consideraba bárbaros a aquellos seres caóticos y arbitrarios que no conocían ni el pudor ni el orden social y preferían, por tanto, la tiranía. “Los bárbaros todos son esclavos, salvo el que manda”, nos dice el autor citando a Eurípides. Sin embargo, la historia nos muestra que calificar a los demás de bárbaros y negarles una plena humanidad ha servido en el pasado para justificar el despojo y la violencia desmesurada contra los otros. Paradójicamente, los bárbaros, según Todorov, son realmente aquellos que niegan la plena humanidad de los demás aunque dispongan de una alta tecnología y sean demográficamente mayores que otras agrupaciones humanas. Un nítido ejemplo de ello lo constituye el régimen de la Alemania nazi, causante en el siglo pasado de la muerte sistemática de millones de seres humanos. Lamentablemente, la barbarie no es exclusiva de ninguna agrupación humana ni está limitada a un período de la historia. Como lo hemos visto en el pasado reciente de Colombia, ninguna región se ha librado de acciones que consideramos bárbaras, ni ninguno de los bandos que han participado en el prolongado conflicto colombiano ha estado exento de cometerlas.

En contraste, ser civilizado es saber reconocer en todo momento la plena humanidad del otro aunque no estemos de acuerdo con sus costumbres, creencias, preferencias o idearios. Excluir o estigmatizar a otros colombianos no contribuye a la reconciliación nacional. Ésta se logrará cuando dejemos de imponer una concepción unidimensional de colombianidad, cuando hagamos, como lo propone Todorov, una justa e histórica extensión de la entidad que consideramos como “nosotros”.

 

Weildler Guerra *

Buscar columnista