Por: Carolina Sanín

El más allá (I)

COINCIDIENDO CON LA DESOCUPAción religiosa de estas fechas, se me ha ocurrido preguntarme por fin, al cabo de treinta años de una afición vergonzante, por qué miro revistas de celebridades.

No las miro para hacer un estudio cultural de ningún tipo. No critico lo que veo. Ni siquiera voy diciendo, mientras paso de una foto a otra, “bonita, fea, bonito, feo”. Simplemente avanzo, y una página sustituye a la anterior sin seguir un hilo y sin que yo busque coherencia. Manoseaba Cosmopolitan cuando acompañaba a mi abuela a la peluquería y tenía tres años, miraba Hola y US Weekly cuando fui extranjera y joven, y, de regreso en este cruel peladero, hojeo Jet-Set. Reconozco que he cambiado cuando vuelvo a leer un libro que leí hace muchos años; entonces puedo contrastar dos instantes, recordar en mi rostro otro diferente, reconocer el tiempo que me ha pasado. Pero al ver —siempre de atrás hacia adelante— una de esas revistas que atesoro y que jamás he guardado, tengo simultáneamente treinta años y tres, sé leer y no lo sé, estoy antes y ahora, y ni estoy presente ni pienso nada. Quizás en esa inactividad predilecta, que es paz y avidez al mismo tiempo, creo vislumbrar la inmortalidad, o al menos lo que en ella me es más trivialmente comprensible, la invariable continuidad.

En lo anterior tiene que ver que, en las revistas, veo a personajes inmortales: pueden ser actores, actrices, cantantes, príncipes o princesas, glorias del fútbol o tontos de remate, pero todos son evidencias de que una de nuestras tradiciones más viejas y globales, la de construir a personas que no sólo son personas sino épocas, ha sobrevivido a los siglos y al final de las monarquías. En cada una de las figuras de las revistas (bueno, en Catherine Deneuve más que en Gwyneth Paltrow) parece que destellara la divinidad. No me refiero, por supuesto, a que Angelina Jolie sea mejor persona que usted, señor. Me refiero a que no es una persona sino una imagen precipitada hacia el espacio, sin destino: un ángel. Me refiero a que las revistas de celebridades me acercan a la experiencia de lo espléndido.

En el mundo de esas hojas yo no existo. Sé que, puesto que vivo en el mundo real y no en el de la realeza, nunca conoceré a esa gente retratada. Mirarlos es un descanso pero también implica una familiarización con la paciencia, con el ejercicio de esperar sin esperar nada con ello, con la acción de esperar mientras lo que se espera es otra cosa que nada tiene que ver con la actividad en la que se ocupa el tiempo de la espera. (Esta, por supuesto, es una manera rizada de decir que uno hojea revistas en las antesalas de los consultorios médicos).

Últimamente sólo compro revistas de celebridades en los aeropuertos. Las leo mientras llega la hora de salida del vuelo y las leo en el avión, en ese otro espacio liminal donde hay gente y la gente no está presente, donde estoy entre dos lugares y me encuentro en público pero nadie me ve. Veo a las celebridades, pues, cuando soy un fantasma. Pero a veces me pasa algo que me estropea la experiencia de inexistencia y la convierte en su contrario, en ansiedad por la existencia: cuando una revista nacional estampa la noción de patria en el ámbito utópico de la celebridad, en un intento por que los colombianos entremos en el mundo.

Estoy juntando una colección de esas instancias: tengo un artículo sobre la vez que Brad Pitt bailó Colombia tierra querida, un reportaje sobre el noviazgo del nieto de Grace Kelly con la nieta falsamente colombiana de Julio M. Santo Domingo, un chisme que cuenta que la mamá de Prince era caleña, y la foto de una profesora del colegio de mi hermano, dizque nieta del Hermann Goering. De eso, y de su relación con la Ley Lleras, escribiré —o no— dentro de dos semanas. Por lo pronto me parece apropiado dejar en el aire esta columna del Domingo de Resurrección.

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