Por: Daniel Pacheco

El más peor

EN LOS DÍAS PASADOS COLOMBIA HA logrado posicionar la tesis de que el secuestro es el crimen más atroz de nuestra guerra. A pesar de ser una posición difícil de defender, dadas la atrocidades múltiples y masivas que junto al secuestro han tenido lugar en nuestro conflicto, su validez es aclamada nacional e internacionalmente.

La bandera del secuestro, bajo la cual hoy el nombre de Colombia se ve enaltecido gracias al éxito de la ‘Operación Jaque’, ha sido agitada como insignia del padecimiento de la sociedad civil frente al conflicto desde hace años. Ningún crimen genera un nivel de rechazo parecido, como sugiere la comparación entre la marcha del 4 de febrero y la del 6 de marzo. Ninguno compromete tanto a las fuerzas del Estado con sus víctimas, como queda probado por la minuciosidad, empeño y cantidad de recursos invertidos en la ‘Operación Jaque’. Ninguno es denunciado con tanta vehemencia ante la comunidad internacional, como bien pueden dar razón el Canciller y el Vicepresidente, ambos víctimas del secuestro.

¿Pero hay alguien que en sus cabales pueda decir que el secuestro es peor que el asesinato, la desaparición, las masacres, el desplazamiento o la tortura? Es decir, ¿entre los crímenes atroces de la  guerra colombiana se puede decir que hay uno más atroz que los otros? Creo que no.

Puesto de esta manera, el unanimismo mundial de los últimos días parece, entonces, al menos curioso. Y vale la pena preguntarse cómo llegamos a tan extraña situación. A continuación intento ofrecer algunas razones que considero importantes.

Crimen sin distingo de clase: a diferencia de la mayoría de las atrocidades, el secuestro afecta también a las clases altas del país. No hay otro crimen que las élites colombianas hayan padecido tanto: los Uribe, los Samper, los Gaviria, los Pastrana, los Turbay, los Araújo, los otros Araújo, los Santos, y la lista continúa.

¿Cuántas de estas familia han sido víctimas del desplazamiento forzado? (no poder volver a la finca no cuenta). ¿Cuántos de sus miembros están desaparecidos o descuartizados en fosas comunes?

Comidilla de medios: nada como el secuestro para vender periódicos o aumentar el rating. Tiene todos los elementos de una historia dramática. Inicia con el rapto inesperado de un importante personaje, generalmente con alguna dosis de violencia espectacular.

Continúa con el llanto y los llamados de los familiares influyentes. Cuando el público está por aburrirse, llegan pruebas de supervivencia. Y culmina siempre en clímax; con una liberación, un rescate o un desastre.

Secuestro y seguridad democrática: la política de guerra con la que nuestro gobierno se eligió y reeligió implica necesariamente la existencia de un enemigo. Entre más odiado y temido sea ese enemigo, mayores serán los medios permitidos para aplacarlo. Durante el fiasco del Caguán, las Farc hicieron todos los méritos para convertirse en los enemigos del pueblo de Colombia, y luego del secuestro de Íngrid y los tres estadounidenses, también se echaron encima al mundo entero. El secuestro creó para la seguridad democrática el enemigo perfecto: “Animales, terroristas, y esa es la verdad”, como narró Keith Stansell después de su rescate.

Los tres puntos anteriores se articulan entre sí (como suelen hacerlo el poder, los medios y la política) para dar, a lo sumo, una explicación. Pero no justifican que en Colombia existan víctimas de primera y segunda categoría. Esa justificación no existe dentro de una democracia.

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